jueves, 17 de mayo de 2012

Ambulante 2012. Un pretexto para asomarse a la utopía


Karina Ruiz Ojeda
 

El género documental es tan viejo como el cine mismo. El cine, como la fotografía, surgió como una simple novedad técnica que sirvió como herramienta de registro. Sin embargo, poco a poco configuró su propio lenguaje, hasta que llegó a ser considerado un arte, tomando prestado, a su vez, de otras disciplinas artísticas. El cine siempre ha contado historias, sean reales o ficticias. ¿Qué es documental y qué es ficción? Creo que los límites son cada vez más difusos. El documental ha dejado de ser un género árido, meramente ilustrativo; se ha convertido en una manera de manifestar un punto de vista sobre lo que pasa a nuestro alrededor.


El cine es un lugar de encuentro. Cada uno de nosotros vive la experiencia cinematográfica de una manera específica, pero al final una diversidad infinita de ojos, cerebros y oídos comulga con un solo fin: ver una película. Partiendo de la idea de que el cine es un espacio de inclusión social, es natural que sea el lugar idóneo para la realización de festivales como espacios de pluralidad.

La proliferación de festivales de cine en México es notoria y creciente. En el país existen cientos de festivales de cine de distintos géneros, la mayoría sólo dedicados a la exhibición, y algunos otros dedicados también a la educación y formación de cineastas. Los más grandes, en cuanto a infraestructura y presupuesto, son el Festival Internacional de Cine de Morelia y el Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Hay pocos dedicados exclusivamente al documental.

En Oaxaca, el festival de documentales Ambulante ha tenido una respuesta del público muy favorable. El cineclub El Pochote –espacio de exhibición gratuita de cine fundado por el artista Francisco Toledo, que funcionó de 1993 a 2011– jugó un papel fundamental en la creación de públicos de cine en Oaxaca. Ambulante tiene ya un público cautivo pero es reducido. Considero que debe ser un espacio más diverso e incluyente, extendiendo estas características al consumo del cine en general.

El Pochote


Ambulante 2012: Oaxaca, última parada

En general trato de ir a todos los festivales de cine que puedo. Desde 2007 asisto de manera asidua a Ambulante, y he trabajado en éste como voluntaria. Tener el programa en mis manos, leer las reseñas e ir marcando las que más me interesan, en el horario en el que más me acomodan, es un pequeño placer que procuro no dejar pasar.

Cada año, Ambulante tiene un tema central; en esta séptima edición fue pensar la realidad desde la revisión de imaginarios utópicos, repensar qué tipo de sociedad queremos construir. Este año cerró su recorrido en Oaxaca. A través de las secciones: Dedazo, Pulsos, Observatorio, Dictator’s cut, Injerto, Sonidero, Ambulantito, Enfoque, Arthur Omar: una antología, y la recién incorporada Ambulante 3D, ofreció una selección de 70 películas y un total de 75 funciones, de las cuales 24 fueron en Cinépolis, con costo; y el resto fueron gratis, en espacios públicos y centros culturales.

Como todos los años, traté de ver lo más que pude. Lo más que mis limitaciones de tiempo y dinero me permitieron. Destaco Anna Pavlova vive en Berlín, de Theo Solnik. Introspectiva, un tanto desesperanzadora, de ritmo lento –no apta para personas con poca paciencia–, es una exploración de los sentimientos y sensaciones que se ocultan detrás de una personalidad sin otro objetivo en la vida más que entregarse a la fiesta y al alcohol. The Arbor, de Clio Barnard, sobre las trágicas vidas de la dramaturga inglesa Andrea Dunbar y su familia, es fuerte y desoladora. A caballo entre la ficción y el documental, está construida con algunas escenas de obras escritas por Dunbar, material original de entrevistas y programas de televisión, y testimonios actuados pero basados en hechos reales. 

Anna Pavlova

La violencia actual del país es retratada sin sangre ni balazos en El velador, de Natalia Almada. Un cementerio de narcotraficantes es el escenario en el que nos sitúa la directora para reflexionar de manera silenciosa sobre una de las caras de la guerra absurda que vivimos en México, desde una mirada que pone atención en la gente que trabaja para los narcos: la que cuida su último refugio, la que construye ladrillo a ladrillo sus ostentosos mausoleos en los que son recordados y homenajeados como héroes, formando una ciudadela más grande cada día; la gente que oye, de viva voz y todos los días, los lamentos de un país doliente.

El velador

Es apabullante la visión post apocalíptica de Acción lenta, de Ben Rivers, un falso documental de tipo etnográfico que explora el territorio del planeta Tierra dentro de cientos de años, ya reducido a un conjunto de islas, como resultado de una elevación extrema del nivel del mar. La Tierra es un misterio, sólo quedan ruinas de una civilización que probablemente existió. Las sociedades primitivas –ya sean seres de color verdoso o pequeñas tribus ataviadas de pantalones de mezclilla hechos harapos– comienzan a construir sus propias utopías. El sonido es clave en la construcción de la atmósfera polvosa pero a la vez futurista y misteriosa de la película, confeccionada con fragmentos de audio de películas de ciencia ficción de los años cincuentas.

Dentro de la sección Injerto, Melanie Smith y Rafael Ortega presentaron distintos cortometrajes que realizaron en conjunto, que habían sido exhibidos solamente en un contexto museográfico. En una de las funciones en el Teatro Juárez, Ortega comentó que es interesante presentar los cortos en una sala de cine, como un experimento de recontextualización de estas imágenes en movimiento, que exploran las nociones de espacio y las relaciones dinámicas que lo componen. Por otro lado, el realizador estadounidense Ben Russel hizo una presentación-performance en el mismo teatro, enfatizando el papel que tiene la lucha contra la invisibilidad en su trabajo.

Disfruté mucho LCD Soundsystem: cállate y toca los éxitos (Will Lovelace y Dylan Southern), el último concierto que dio esta agrupación antes de desintegrarse. Confieso que en un momento me sentí parte del público encendido con el ritmo electrizante de James Murphy y compañía en el Madison Square Garden.

LCD Soundsystem

Sin duda, entre mis favoritas están las que se proyectaron en 3D: La cueva de los sueños olvidados y Pina. En la primera, la magnífica narración audiovisual de Werner Herzog, te convierte en uno los pocos privilegiados en conocer los interiores de las Cuevas Chauvet, en Francia, que alberga arte rupestre de hace más de 20 mil años. Me sentí partícipe de la maravilla que ha resultado de la colaboración entre la naturaleza y la cultura; a pesar del constante cambio del planeta, se ha formado una especie de cápsula del tiempo con restos de seres remotos, formaciones rocosas alucinantes y pinturas que parecen recién elaboradas. Suscita reflexiones acerca del origen y significado del arte, de nuestra necesidad de comunicar nuestra visión del mundo y dejar huella.

La cueva de los sueño olvidados

Wim Wenders regresa al género con un documental sobre Pina Bausch, figura fundamental de la danza contemporánea fallecida en 2009. El eslogan de la película, “Baila, baila, de otra forma estamos perdidos”, resume el legado de Bausch. Bailarines de varias partes del mundo que integran su compañía de danza dan testimonio oral y corporal de lo que Pina dejó en ellos y a su vez rinden tributo a la maestra ejecutando las piezas de su autoría. Cabe mencionar que el 3D realza el movimiento de la danza en todo momento; no así en La cueva de los sueños olvidados, en la que, desde mi punto de vista, en algunas partes el 3D fue un distractor, en lugar de proporcionar una sensación de mayor cercanía. Ambas son verdaderas experiencias audiovisuales que vale la pena repetir.

Pina

Wim Wenders

Desafortunadamente me perdí Araya, joya cinematográfica de 1959, de producción franco venezolana, realizada por Margot Benacerraf. Tan sólo en el tráiler pude darme una idea de la belleza monocromática de este documental,  que retrata la jornada diaria de los habitantes de Araya (Venezuela), pueblo que basa su subsistencia en el mar. También lamento haberme perdido los documentales latinoamericanos Isla de las flores, de Jorge Furtado, y Lebenswelt, de Elías Brossoise, entre otros.

Araya


 Perspectivas a futuro: combatir la indiferencia e incentivar la reflexión

El festival está planteado como un lugar de encuentro. Sin embargo, hay poca participación del público en las charlas con los autores que se realizan al término de algunas funciones. Casi nadie hace preguntas ni comentarios. En más de una ocasión el moderador de la charla tuvo que dialogar solo con el cineasta porque el público no se atrevía a hablar. Nos hace falta es tener una interacción activa no sólo con el cine, sino con otras manifestaciones artísticas, no solamente recibir los contenidos pasivamente. Irónicamente, los asistentes participan muy activamente entre ellos: mucha gente va al cine a platicar con el de al lado o a atender su celular. Varias veces tuve que pedirle a algunos espectadores que bajaran la voz, pues no me dejaban escuchar la película. En este sentido hace falta una cultura de respeto en las salas de cine.

Es loable el esfuerzo de presentar de manera gratuita una selección de documentales en espacios públicos, pero en algunos casos los mejores documentales que ofrece la programación siguen siendo acotados a Cinépolis. Esto es comprensible, ya que el festival debe captar recursos para seguir funcionando. Pero, si bien las entradas son un poco más baratas que las normales, el precio no es accesible para mucha gente, podrían reducir un poco más el precio y de esta forma tal vez atraer más público. La asistencia a estas funciones es baja, excepto en las películas 3D. Respecto a esta modalidad, creo que es un acierto, pues es un plus muy atractivo para la gente que paga más a cambio de una experiencia diferente. Y en algunas películas es elemento clave para apreciarlas. Por ejemplo, los boletos para Pina se agotaron días antes de la función.

Sin embargo, observo que cada año hay más afluencia y eso me da mucho gusto. Es innegable la influencia que El Pochote Cineclub ejerció en la proliferación de cineclubes que actualmente hay en la ciudad, y en la creación de la cinefilia local. No es casualidad que Oaxaca sea la ciudad en donde Ambulante tiene más respuesta del público.

 
El Pochote

Ambulante es un festival que está muy dirigido al público joven, con jóvenes trabajando en sus filas. No sería posible sin los múltiples patrocinadores que suma año tras año, tampoco sin el apoyo de los cientos de chicos que cada año ofrecen su trabajo voluntario. Ambulante ha logrado consolidarse como un festival atractivo tanto para los anunciantes, que encuentran en él un espacio prestigioso en el cual posicionarse, como para los jóvenes, quienes lo perciben como un espacio abierto, fresco y diverso.

La utopía es que esta apertura a la diversidad sea considerada todo el año, que sea una realidad cotidiana y no sólo por temporadas, no sólo en los festivales. Es necesario que exijamos un cine más diverso, más ventanas al mundo, para que poco a poco aminoremos la dominación que tienen Hollywood y Estados Unidos sobre las salas de cine, no sólo del país, sino del mundo:

“Se multiplican los espacios de exhibición pero no la diversidad de ventanas al mundo y a nuestra propia realidad. No deja de ser paradójico: el cine es por esencia universal. Gracias a él, el espectador se ha vinculado a países y culturas lejanas, por lo que se reconoce que si algo preparó el terreno a la globalización fue justamente el cine (Vives, 2002). Sin embargo, esta cualidad universal se ve amenazada en la actualidad por las tendencias homogeneizadoras impulsadas por las fuerzas dominantes dentro de la globalización: la avalancha de películas hollywoodenses viene ahogando las posibilidades de las diversas producciones nacionales –en casi todo el mundo– de competir incluso en sus propios territorios”.[1]

En este panorama utópico, el cine sería un espacio multicultural, de inclusión social, que combatiera la indiferencia e incentivara la reflexión.


[1] Ana Rosas Mantecón, “Las batallas por la diversidad: exhibición y públicos de cine en México” en El consumo cultural en América Latina. Segunda edición. Guillermo Sunkel (Coord.) Bogotá, 2006, Convenio Andrés Bello.

jueves, 3 de mayo de 2012

Vigilia Bit


DOS O TRES FRASES DE GOMBROWICZ ACERCA DE LOS POETAS

César Cortés Vega


Mientras comíamos, dije que me gustaba cierta poesía, no los poetas, y mis acompañantes asintieron más rápidamente de lo que imaginé. Yo, horas antes me había tirado sobre la polvosa acera de la Glorieta de Insurgentes, enfundado en un traje blanco, en una acción-registro que formaba parte de varias intervenciones en el espacio público relacionadas con la huelga general. Y eso no había tenido nada que ver con la poesía –o sí, levemente acaso– pues se trataba de un proyecto para un museo de arte contemporáneo en el que participaba con una pieza vinculada a la noción de pereza refinada que desarrolló el ex situacionista Raoul Vaneigem. Lo que sencillamente hacía aquella vez era tirarme a descansar en la acera mientras leía el ensayo del filósofo a gritos frente a una buena cantidad de transeúntes flemáticos, y uno que otro más o menos interesado. Sin embargo, uno de los asistentes –amigo querido y culto, aparte de un poco atolondrado– imaginó que lo que yo leía era un poema. Luego supuso que además me revolcaba –y no improducía trabajo– por lo cual bromeó entonces nombrándome un “poeta arrastrado”. Yo no hice otra cosa sino reírme, porque en realidad había algo de esa mala leche no obsequiosa que yo comparto frente a la idea de la poesía. Por supuesto el comentario pasaba por alto la ruptura de los campos, es decir, el espacio político que está en juego en el momento de realizar operaciones de disolución desde el campo vecino. La crítica implícita que se puede ejercer desde una estrategia de no veneración de las disciplinas. Sin embargo, es cierto: la figura del poeta se ha desvirtuado en muchos casos y el mero nombramiento convoca una serie de imaginaciones espectrales que pasan de la grandilocuencia a la ridiculez en cosa de segundos.

 El banquete. Witold Gombrowicz.

Por eso regreso ahora a ideas más elaboradas del escritor polaco Witold Gombrowicz. Particularmente a un fragmento de sus Diarios[i] llamado “Contra los poetas”. Gombrowicz, un escritor que gracias a su franqueza dista mucho de ser considerado tan sólo como un maldito de la literatura, poseía una desaprensión crítica incitada por sus primeros años de marginalidad, que le hacían no pactar con las ideas más comunes de acomodo y silenciamiento en las estratagemas relacionales para ganar prestigio literario. Sus textos son portadores de una sinceridad que a veces es cauce para la dureza crítica desde una declaración manifiesta de diletantismo. Maniobra perfecta para poder decir desde la voz del otro. Del que no se asume del todo dentro del espacio del campo. Acorde a esto, una de sus frases conocidas es, justamente: yo soy el self-made-man de la literatura.

 Witold Gombrowicz

En principio pareciera que Gombrowicz arremete en contra de los poetas como un juego. Nombra, si bien no superficialmente, al menos colando argumentos que parecerían provocados por una furia que apenas toma vuelo. Se parece mucho al berrinche de un adolescente –lo cual él mismo reconoce. Un balbuceante que, sin embargo, tiene la fuerza para sostener sus consideraciones. Es decir, de emprender el camino que se sabe de antemano lleno de fuego cruzado. Porque de inicio el autor incita a la confusión al declarar que, de hecho, cuando la poesía aparece mezclada con elementos más “crudos y prosaicos”, entonces él se estremece como todo ser humano. El momento de inflexión aparece cuando, en el intento de pureza del lenguaje, el poeta es artífice de una oficiosidad carente de sentido que apenas es perceptible, incluso, por los seguidores más fervientes:

Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico.

Por supuesto Gombrowicz escribe esto en un momento en el que la poesía rimada todavía cuenta con la aprobación de las tendencias academicistas que, a la par, fundamentan muchos de los discursos de los estados centralistas. Por eso parecería relativamente fácil elaborar un argumento en contra de la construcción de sentido que se fija obsesivamente en cuadrar forma con contenido, en una época en la que el mundo requiere de nuevas maneras de plantear los problemas del lenguaje y su uso. Hay que apuntar que todo el contenido de los Diarios está hecho con notas que fueron publicadas en la revista francesa Kultura, dedicada a dar voz a los emigrados polacos en el mundo, en la cual Gombrowicz colaboró desde 1952 hasta 1969. Los primeros textos los escribió desde Buenos Aires, lugar en el cual vivió más de veinte años. Su tono, acorde con un estilo que se verifica en sus obras en prosa, privilegia un estado de indefinición, una condición inmadura que apuesta por la maleabilidad desde la cual es todavía posible espetar en contra de las conformaciones de poder paternalista sin el riesgo de formar parte de sus entramados.

Witold Gombrowicz

Si bien las peroratas vertidas en los Diarios pueden leerse como boutades, provocaciones salidas de tono –muy parecidas al llamado trolleo contemporáneo– eso no quiere decir que no sea posible sugerir lecturas complejas de un problema. Más allá de la revisión histórica, Gombrowicz da con una clave que no es del todo común en los discursos sobre el lenguaje poético, y que aún posee eficacia; el observar el campo de la literatura desde afuera:

… todo este cúmulo de ficticios goces, admiraciones y deleites está basado sobre un convenio de mutua discreción: cuando alguien declara que le encanta la poesía de Valéry es mejor no acosarlo demasiado con indiscretas investigaciones, porque entonces se pondría en evidencia una realidad tan distinta de todo lo que nos imaginamos, y tan sarcástica, que nos sentiríamos sumamente molestos. El que deja por un momento las conversaciones del juego artístico, enseguida tropieza con un enorme montón de ficciones y falsificaciones, cual un escolástico escapado de los principios aristotélicos.


La fantasmagoría del artista se hace más evidente, en tanto su lenguaje se complejiza, se hace distante. Porque el poeta tampoco es capaz de trascender lo mundano, lo cual Gombrowicz nombra como la “forma natural”, que derivaría en la prosa. Según él, esta prosa es capaz de referirse más cabalmente a una condición en movimiento perpetuo que representa las contradicciones del hombre común, alejado de esteticismos poco comprensibles. El poeta puede muy bien estar condenado a repetirse en la depuración, pues restringe su rango de acción a los herederos de dicha manera de concebir el lenguaje: los mismos poetas. Relación endogámica que si bien avanza en línea recta hacia el perfeccionamiento y la depuración, aísla cada vez más al poeta de su entorno:

Me encontré, pues, cara a cara con el siguiente dilema: miles de hombres hacen versos; otros miles les demuestran gran admiración; grandes genios se expresan por medio del verso; desde tiempos inmemoriales el poeta y los versos son venerados; y frente a esa montaña de gloria -yo, con mi convicción de que la misa poética se efectúa en el vacío casi completo.


Y es extraño que sea ahí donde el discurso de Gombrowicz se precariza, pues quizá buscando un acomodo dentro del campo literario, no puede –o no quiere– observar frente a sí el desarrollo argumentativo de una afirmación como tal: montañas de gloria, dice, desde lo cual podría hacer más preguntas e intentar responderlas. ¿De qué está hecha una cosa semejante? ¿Gloria frente a quién? ¿Frente a los mismos poetas? ¿Ahí acaba todo? Si tan sólo se tratara de una concepción de los poetas que genera discursos que legitiman el estado de cosas vigente o lo cuestionan, entonces se podría hacer público el señalamiento de una traición específica. Sin embargo, esta sensación de magnificencia estéril que él atribuye a los poetas, puede tener su punto de inflexión en la representación que se hace de todos los artistas en general, quienes, si bien renuncian en su búsqueda al mundo burgués, negocian privilegios y espacios con los poderosos en turno. Ese es el territorio de intersección del que habla Pierre Bourdieu entre poder económico y poder cultural.

Gombrowicz está colocando a la poesía, enfrentada veladamente a la prosa, según la conciencia de un contexto en el cual se podría prescindir de un lenguaje florido a favor de una democratización de la palabra. Sin embargo, si no lo dice, lo presiente: son muchos poetas pero no sólo ellos los legitimadores de una retórica especular que si bien puede verterse en la publicación de unos cientos de versos que redefinan por caminos distintos la relación entre significado y significante, también han prestado sus metáforas y su retórica en momentos específicos en la historia, con las cuales se pospone la realización del acto a cambio de su renombramiento múltiple y formal, que desarticula el presente en una espera extasiada.

 Octavio Paz y Carlos Salinas de Gortari

Por supuesto, Gombrowicz está dirigiendo su diatriba a un meticuloso formalista imaginario, y es muy probable que lo suyo, como en el caso de muchos de sus otros escritos, sea una performance radical, más que algo que tenga la intención de justificar con pelos y señales. Mucha de la poesía que se escribía en esa época, intentaba plantear nuevas soluciones a ese mismo problema de antaño. Y ninguna tenía que ver con la rima, idea que Gombrowicz de afana en despreciar. Nada nuevo tampoco para escritores surgidos de las vanguardias históricas. Y sin embargo lo que dice causa aún escozor, porque pone el dedo en la yaga: si el creador desatiende su relación con el contexto, puede muy bien cometer esos excesos que no sólo le ensalzan como una especie de divinidad mundana: cosa en realidad bastante superficial, si se le compara con la posibilidad de que, en esa apoteosis de la personalidad, ocupe un espacio al lado de discursos que aparentemente pretende negar. Es ahí en donde el polémico texto puede sugerir nuevas lecturas:

(…) téngase en cuenta que yo no aconsejo a nadie prescindir de la perfección ya alcanzada, sino que considero que esta perfección, este aristocrático hermetismo del arte deben ser compensados de algún modo y que, por ejemplo, cuanto más el artista es refinado, tanto más debe tomar en cuenta a los hombres menos refinados y cuanto más es idealista tanto más debe ser realista.




[i] Diario (1953-1969). Witold Gombrowicz, Seix Barral. Barcelona, 2005.

Chichicastenango, la tierra de los huipiles


Ainhoa Vásquez Mejías

Recorrí Chichicastenango como las páginas de un libro. Caminé sus calles, sentí frío, me tomé una cerveza, jugué con unos gatos y me reí de las guacamayas del hotel Santo Tomás... pensé en que las cosas reales siempre son las más fantásticas, las más lejanas a la imaginación concreta. Y es que creo que nunca sospeché que lugares como Chichicastenango pudieran materializarse, sino que sólo existían en la imaginación de los escritores indigenistas. Me era imposible visualizar una comunidad decidida a perpetuar su idioma maya-quiché, resistiéndose a leer y escribir en la lengua de los conquistadores, obcecados en mantener su cultura y tradición a pesar del tiempo. 


Y es que este poblado maya, ubicado a 140 kilómetros al noroeste de Guatemala, parece haberse cristalizado en una época precolombina: casi no tienen luz eléctrica, por lo que es escaso encontrar aparatos como televisión o radio, mucho menos internet; de sus calles no pavimentadas brota un polvo ancestral; los restaurantes abren apenas un par de horas en la mañana, sólo los días jueves y domingos en que llegan artesanos de todos los alrededores y el pueblo bulle de turistas que se han trasladado kilómetros para ver la fiesta de colores de la feria artesanal. Entre ellos jamás se hablan en español y sus habitantes no han renunciado a vestirse con sus trajes indígenas: las mujeres resaltan a la vista de todos, con sus faldas tradicionales denominadas corte y sus huipiles, telas bordadas a mano que destacan por sus coloridos.

Por supuesto, parece extraño que un pueblo con estas características persista en el tiempo sin verse alterado profundamente con el advenimiento de la modernidad y las nuevas tecnologías. Tampoco es un dato menor que los mayas sean la comunidad aborigen con mayor número de habitantes en el mundo y quizás, también los más arraigados a sus antiguas costumbres. Ellos parecen haber descubierto que la única manera de subsistir es enfrentarse a la actualidad sin olvidar nunca sus orígenes. Transformarse sin perderse. Tomar las herramientas de lo nuevo para convertir lo viejo. Eso es, al menos, lo que sucede con la comunidad de Chichicastenango, cuya máxima representación es el huipil, una vestimenta que proviene de sus antepasados y que hoy ha entrado en la artesanía de reciclaje. 


Juana, una sacerdotisa maya, me habló de la importancia del tejido y el diseño que cada grupo étnico impregna en sus huipiles, ya que no es considerada sólo una prenda de vestir, sino también un símbolo de pertenencia que las conecta con sus raíces primigenias. Una mujer dedicada ocho horas diarias a su confección, se demoraría aproximadamente dos meses en terminarlo. Antiguamente, incluso, cuando una joven se comprometía en matrimonio, tanto las mujeres de su familia como las de la familia del novio, se unían para bordarle con seda blanca el huipil que vestiría ese día, así, a través de sus manos, establecían un lazo en el acto de tejer y que se materializaba, finalmente, en el producto artesanal. La tarea duraba más de cuatro meses de dedicación exclusiva. 

       Sacando cuentas, un huipil simple que estuviera a la venta costaría más de mil quinientos dólares, si también en el comercio se considerara la mano de obra, no obstante, todos sabemos que existen muy pocas personas dispuestas a pagar lo que realmente vale este trabajo. Por esto, no es raro encontrar los huipiles que ya han sido usados y aquellos en que el paso del tiempo se ha impregnado, amontonados en tiendas de toda Guatemala, a un precio excesivamente bajo para el trabajo que representan. Ante la posibilidad de que quede finalmente en la basura el esfuerzo y el cariño que se ha puesto en el bordado, resulta mejor venderlos a extranjeros que los usarán para adornar las paredes de sus casas.


Frente al costo simbólico que este trabajo representa, cada día quedan menos compradores y menos artesanos dispuestos a dejar su vida en este arte. Los compradores, turistas gringos en su mayoría, se desviven pidiendo precios aún más bajos a los artesanos que recorren Guatemala. Probablemente utilizan el huipil una o dos veces, instaurando la moda del arte indígena entre sus amigos, para terminar colgando el huipil en sus casas que, al menos cumplen su cometido de alegrar con sus colores los muros blancos. Por su parte, los mayas guatemaltecos tampoco están dispuestos a invertir tanto tiempo en la confección de nuevos huipiles, por lo que se conforman con recolectar y vender aquellos que ya nadie utiliza y que fueron fabricados muchos años atrás. Al menos esto es lo que sucede en gran parte de Guatemala de la que Chichicastenango cada vez más se constituye una excepción.

Conocí a Antonio en Chile, en la Feria de Artesanía que organiza la Universidad Católica. Fue por él que escuché por primera vez hablar de los huipiles y su significado para su cultura maya. Años después fui a verlo a su tierra, Chichicastenango, donde retomamos la conversación iniciada algunos años antes y me contó acerca de su afán por preservar este arte que teme se pierda para siempre. De inmediato decidió hacerme un recorrido por su taller, el lugar donde se produce la magia y se mantiene viva la tradición.



Antonio entendió las dificultades que representa continuar con la confección de los huipiles, sin embargo, de forma visionaria, ideó una manera de conservarlos a través del reciclaje.   Así, un día descubrió que los antiguos huipiles podían desprenderse de su función de prenda de vestir y ser expuestos a un proceso de corte para ser utilizados como parches o aplicaciones en chaquetas, bolsos, cojines, estuches, cubrecamas... Antonio recoge los huipiles, incluso aquellos que parecieran haber cumplido a cabalidad su tiempo de vida útil, pacientemente los lava, los deja secar al sol, a muchos de ellos lo tiñe otra vez para recuperar el color primigenio que los caracteriza, posteriormente los corta y produce un nuevo objeto sin perder la tradición de sus antepasados.


De esta forma, los mayas de Chichicastenango, cuyo ejemplo puede ser Antonio – aunque de seguro existen muchos artesanos más dedicados a esta tarea – no han perdido el color que los caracteriza, y más aún, han logrado reunir en una sola prenda el origen, sus ritos, sus mitos y la actualidad. La transformación de un objeto que, a la vez, permite la preservación de la cultura, la identidad de esta etnia. Chichicastenango es, gracias a sus huipiles y al arte del reciclaje que los convierte en algo nuevo, un pueblo que se constituye un portal entre el ayer y el hoy, el pasado y el futuro, lo indígena y lo occidental: una muestra de las tradiciones de nuestra América Latina que, a pesar del tiempo y las circunstancias, se niegan a morir.


Breve apunte en torno a dos libros de historia del diseño gráfico mexicano


Santiago Robles Bonfil


La historia oficial del Diseño Gráfico fue originalmente investigada por Nikolaus Pevsner, quien la estructuró, básicamente, de manera análoga a la historia del arte. Más tarde, aparecería el estudio de Phillip B. Meggs, diseñador gráfico estadounidense, quien sin dejar de relacionar al diseño con el arte, brindó al primero su propia perspectiva. La investigación de Meggs fue editada en 1983 bajo el título A History of Graphic Design, libro que se convertiría rápidamente en una fuente imprescindible para el estudio de la disciplina en el mundo. Sin embargo, no fue hasta ediciones recientes del libro que el diseño gráfico mexicano – a pesar de su importancia, pues no olvidemos que la primera imprenta de América se instaló aquí, en la vecindad del hoy Palacio Nacional – fue incluido como parte de esta “historia oficial” y, debido a las características del proyecto, el análisis de nuestro diseño fue superficial y poco significativo.


De ahí que la necesidad de contar la historia del diseño gráfico mexicano, de clasificarla y analizarla, se convirtió en un imperativo, más aún por las dimensiones exponenciales que la profesión había adquirido con el paso del tiempo. Finalmente, diversos factores e iniciativas se conjugaron y aparecieron, con un mes de diferencia, dos ediciones distintas sobre la historia del diseño gráfico en México. La primera, de la Dra. Luz del Carmen Vilchis (quien fue directora de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM mientras yo estudiaba), Historia del diseño gráfico en México 1910–2010. Este libro, editado por el INBA - CONACULTA formó parte de los “festejos” bicentenarios del gobierno federal. La segunda edición es la del diseñador Giovanni Troconi, Diseño gráfico en México. 100 años. 1900–2000, que además de la investigación del autor incluye ensayos paralelos de personalidades como Marina Garone, Elizabeth Romero, entre otras,  y está editado por Artes de México con el apoyo del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.


El libro de la Dra. Vilchis tiene en un inicio, la ventaja de identificar algunos fundamentos disciplinarios y con base en ello dar un repaso a los antecedentes del diseño en México, dimensionando, acertadamente, a los Tlacuilos, los primeros diseñadores que habitaron nuestro territorio. El libro de Troconi comienza por la influencia más directa del diseño gráfico actual (puestos en los ojos de la nación por Diego Rivera): Manuel Manilla y J. G. Posada. Sin embargo, la importancia de condensar la historia del diseño gráfico de nuestro país va más allá del intento, tentador e ineludible, de confrontar a estas dos publicaciones a partir de sus características y contenido. Estamos ante la oportunidad, diseñadores y público en general, de conocer una gran parte de nuestra historia visual y entender de mejor manera cómo es que nos encontramos en el estado actual como sociedad.

 Interior Vilchis
 Interior Troconi

El diseño gráfico es un “arte que debe hacerse en un tiempo breve y demostrar su eficacia prácticamente en el acto”[1], cumpliendo una función comunicativa. Es una profesión que se basa, en gran parte, en correr a contra reloj debido a los tiempos de producción y fechas de entrega. Por lo tanto, es muy sencillo que quienes ejercemos la comunicación visual caigamos en la dinámica de producir mucho, pero reflexionar poco sobre las circunstancias generales de nuestro oficio. ¿De qué sirve reflexionar sobre el desarrollo de nuestro oficio o sobre la situación del diseño actual? Hay muchas respuestas posibles a esta pregunta. Una de ellas es que sirve para entender qué estrategias serían pertinentes seguir para actuar de manera significativa y con beneficios a futuro. Otra es para formularnos nuevas preguntas, claves para nuestra actualidad que nos ayuden a transformar nuestro entorno. Por ejemplo, ¿por qué, a lo largo de la historia, se ha privilegiado el rostro de nuestros candidatos presidenciales por encima de la comunicación visual de sus propuestas? ¿Nos gobiernan sonrisas, presupuestos electorales o proyectos de nación?



Gracias a las ediciones de Vilchis y Troconi tenemos por primera vez documentos invaluables que nos pueden servir de plataforma para la activación de distintas discusiones y análisis que requerimos como país, así como enormes fuentes de consulta para la creación de nuevos proyectos similares. Esto no quiere decir que todo lo incluido en estas publicaciones sea de provecho o rescatable. Como pasa con todas las antologías, muchas cosas significativas quedan fuera, y otras de carácter polémico se incluyen. En el caso del libro de Vilchis, por ejemplo, aparece la “Virgencita plis” que, desde el punto de vista de este autor, no propone nada de valor para la sociedad, sea desde el punto de vista visual o desde el conceptual. En el caso del libro de Troconi, además de ofrecernos una situación similar, la portada llama su atención por estar debajo del nivel visual al que nos tiene acostumbrados Artes de México, así como la inclusión de algunas imágenes en una resolución dudosa. 

Interior Troconi
Interior Vilchis 

No ahondaré más al respecto debido a los alcances que tiene este texto. Sin embargo, era importante no dejar de mencionar algunos aspectos, positivos y negativos, sobre la aparición de estas publicaciones, y esto con el fin de recalcar que aún hay mucho por hacer, que la tarea comenzó pero no está terminada, y que a partir del análisis de estos libros se puede gestar un escenario que genere mejor comunicación visual en nuestra sociedad. Labor imperativa actualmente, pues una sociedad con mejor diseño derivará necesariamente en una mejor sociedad (frase que a pesar de parecer slogan publicitario refleja una verdad).    

 Ilustración: SRB


El autor agradece a El Jolgorio Cultural de Oaxaca por la facilitación de material para la realización de este texto.


[1] Vicente Rojo, en el epílogo de la publicación de la Dra. Vilchis.