domingo, 15 de mayo de 2011

De la obsidiana a la espina: Antecedentes para comprender el rito como práctica ceremonial de trascendencia mágica, mística y sangrienta


El tema sangriento es un hecho esencialmente humano, muy vinculado al arte a través de construcciones simbólicas y estéticas. Con este texto inicia una serie de ensayos en las que Plinio Villagrán explora este tema partiendo desde las culturas prehispánicas.
  
                                                                                             
PLINIO VILLAGRÁN


…Haced pues que haya germinación, que haya alba,
que seamos invocados,
que seamos adorados,
que seamos conmemorados, por el hombre construido,
el hombre formado, el
hombre maniquí,
el hombre moldeado. Haced que así sea…
Popol Vuh


La sangre traza el firmamento.

Al ver la primera mueca de la muerte en el tiempo lejano, y el primer rastro de desaparición, el ser humano se sintió huérfano, temeroso y desnudado por la angustia. El cuerpo en devenir de despojo inerte se convirtió en uno de los misterios más arcanos. Al enfrentarse al cadáver y a toda la violencia ejercida por el proceso natural de la descomposición, quedó abandonado en los territorios del miedo; se sintió frágil ante la conjunción de los procesos naturales, y allí, en ese espacio de entendimiento mágico y dramático, se han librado las batallas míticas creacionistas y escatológicas como justificación construida por el lenguaje y los ritos en un camino tan difícil como necesario, espinado y abismal hacia la trascendencia. En otras palabras, encontró su propio reflejo en ese desierto como un  espejismo, su otro yo, el yo como mecanismo simbólico que lo convirtió en absoluto y al mismo tiempo en esclavo ante su propia debilidad. Ha fabricado deidades que luego ha cuestionado y justificado (1), y así, la orfandad queda resuelta por el eco de la misma voz.

En las culturas prehispánicas principalmente la mesoamericana, los fenómenos desconocidos fueron explicados por medio del cosmos como cartografía de la vida en la tierra. La sangre era el tributo más importante y valioso en las ceremonias rituales, entendidas como rehabilitadoras de los ciclos naturales de la vida y el alimento retribuido a través del dolor y el líquido sangriento. Era una deuda hacia la divinidad, se pagaba con sangre la vida que esa misma divinidad había dado. En estos ritos, se observa una retribución sígnica de entorno directo y de un cosmos humano corporal  que en sustancia es valioso, entero y cíclico para deleite de las divinidades. Esa mímesis arquetípica politeísta explica una poética sobre la identificación casi onomatopéyica o la fijación de un desterrado por encontrar un referente próximo para proporcionarse la tranquilidad ante la incertidumbre de la vida y las fuerzas de la naturaleza. Aun así, es curioso analizar el alto precio por esa misma protección que en términos de favor, tributo y deuda, resuelve un panteón bien organizado de dioses con jerarquías definidas: los dioses mesoamericanos estaban ideados y construidos por un sistema cosmogónico cíclico enfocado en la naturaleza y la guerra, por ello, la élite teocrática y posteriormente guerrera en las culturas postclásicas se sentía depositaria y vinculada a esas divinidades. La manipulación y el control absoluto de la sociedad a través de la religión, son frecuentes hasta nuestros días.


Esa tributación, esa entrega corporal, estaba conformada por una serie de códigos y símbolos creados a partir de las estrellas, ellas trazaban el destino humano y medían el tiempo. Vemos que las ciudades prehispánicas en su traza repetían el mismo patrón celeste, y los astros marcaban como puntos equidistantes las partes más importantes de una ciudad (Teotihuacán), en donde el Sol, la Luna o Venus ejercían sobre la tierra el poder infinito, sin esto, la muerte total, solo quedaba vacío y oscuridad. No había otro espacio que el cielo y la violencia de la naturaleza. La existencia humana estaba supeditada a este poder, castigador, transfigurado y representado en la piedra, la pared o la madera, ataviado con advertencias y sediento en muchos casos, de sangre. La benevolencia no existía más que en la tierra cultivada, que daba y alimentaba, y es el cuerpo y la sangre, fresca, brillante y joven la que alimentaba a estas caprichosas divinidades que a cambio daban vida y destino. 

Se ha hablado mucho sobre los ritos de tributación en contextos públicos, de advertencia, de dominio absoluto, pues los sacerdotes, como apunté anteriormente, eran los enviados, los traductores del tiempo e intermediarios entre el cielo y la tierra. ¿Pero qué hay de los ritos privados? Existen ejemplos  sobre tributación íntima, quizás poco frecuentes en las iconografías prehispánicas, quizás más relacionados a los nobles y la transmisión de su poder hegemónico y absoluto, también hijos de la divinidad. Pienso en dos de estos rituales, casi místicos, a diferencia de los usuales. Se trata del dintel 25, en donde Ix K´ab´al Xooc reina de Yaxchilán invoca a una "serpiente de visión", después de haber realizado un autosacrificio en el que ofreció su sangre vertiéndola en una olla ritual que sostiene en su mano izquierda. De la combustión generada con la sangre, el papel amate y el copal depositados en el interior de la olla ritual, emerge una serpiente de humo que repta por el viento; se trata de la serpiente de visión teotihuacana que los mayas nombraron Waxaklahún-Ubah-Kan. Hay otro ejemplo similar en una estela de Palenque en donde otra reina maya, en este caso la madre de Pakal, Zac Kuk realiza la acción de perforarse la lengua ante la visión de la misma serpiente. Es interesante observar como los ritos se sangre con visiones místicas se asemejan a los ritos cristianos. Respecto a estos, existen ejemplos diversos en los cuales la sangre es el principal factor y también la representación visual con el personaje oferente en posición votiva y la deidad en la parte superior (que también se observan en las representaciones mayas) dibujando una diagonal, que de manera directa recuerda al rayo de luz, un código de comunicación muy frecuente en este tipo de imágenes, incluso desde Egipto. Pienso, por hacer una comparación, en Premio lácteo a san Bernardo, de Alonso Cano (Madrid, museo del Prado) en donde el santo arrodillado recibe un chorro de leche de los pechos de una estatua de la Virgen, una imagen perturbadora, evidentemente sexual, amorosa o conmovedora (2). Acá no existe sangre, pero la leche materna como la sangre también representa códigos complejos atribuidos al cuerpo como los otros fluidos (semen, saliva, sudor, orina o sangre menstrual) que en muchas ocasiones pueden ser ofrendas o simplemente símbolos de vida y alimento. En los ritos católicos, se suman todas estas representaciones casi antropófagas y perversas, el cuerpo y la sangre de alguien que ha venido a salvar al mundo y se sacrificó, el elegido, el ungido, como lo puede ser Pakal el hijo elegido, y por ello la visión de su madre en la estela perforándose la lengua que puede tener similitud con el sueño de santa Mónica madre de santo Domingo que soñó un perro con una antorcha en el hocico, o Quetzalcóatl que nació de una virgen y también es una especie de Mesías que promete regresar, y así, existen muchos ejemplos de personajes en cuanto a engendros extraordinarios, poderosos y moralmente buenos; mitos y formas que se entrelazan históricamente. 


Códice Magliabelichiano



Violencia, sufrimiento y delectación.

El tema sangriento es un hecho esencialmente humano, muy vinculado al arte y el rito cristiano no está exento de dichas construcciones simbólicas y estéticas. Los mismos ritos tienen referentes muy antiguos afincados en los rituales judíos del sacrificio, a su vez, los ritos griegos arcaicos que después retomaron los romanos: la renovación de los ciclos naturales, el nacimiento de Apolo que después se justificó con el nacimiento de Cristo para poder adecuarlo al calendario, Venus o Afrodita que sería reemplazada por la virgen María, etcétera. Estos mitos no se conciben por separado, existen vinculaciones desde las simbologías religiosas egipcias que tomaron los presocráticos como Tales de Mileto o Pitágoras, con ellos, se inaugura la filosofía como paradigma racional autónomo y original, es decir, ocupan ese punto de bifurcación en el que se abrió paso a un nuevo camino, el logos, la razón, que terminó desalojando la religión, el rito y el mito, dándoles toda una explicación a los fenómenos desconocidos de la naturaleza y la vida humana. Aun con esta estructuración bien formada que desplaza de alguna manera toda ingenuidad, siguen etapas históricas en las cuales se pierde de momento toda esa herencia por lo menos en cuanto explicaciones racionales. Hablo del cristianismo primitivo que a pesar de retomar los mitos y las formas que apunté arriba, quedan en el tintero cuestionamientos como la encarnación, la trinidad y la resurrección, que poco después Agustín de Hipona y Tomás de Aquino restablecieron, influidos por el pensamiento platónico y Aristotélico, conformando así, el pensamiento teológico.


Aun con estas fracturas y restructuraciones, la Edad Media con sus problemáticas abruptas, negó por parte de la iglesia todo conocimiento teológico al pueblo y, en consecuencia, dominó a través de las imágenes y del arte (3). Justificó a través de la mímesis, las representaciones más frecuentes de los misterios de la encarnación y la vida de Cristo. La visualidad de dichas imágenes de mucha carga sangrienta, erótica y mística, establecían un diálogo directo entre la divinidad en este caso Cristo y el hombre moral de la Edad Media, dominado por el miedo, en medio de las guerras y la inestabilidad política. Recordemos que durante la Peste negra (1348) la secta llamada de los flagelantes quienes infringían dolor y se provocaban heridas severas imitando a Cristo, para redimir las culpas pues la creían como un castigo divino. Así, durante toda esta época se produjo un arte de una fuerte carga moral en la que infringirse dolor era el único camino para la redención o en términos modernos de “libertad” o de transgresión que retoma después el accionismo vienés de los años sesenta.
La catequización por medio de la imagen fue muy frecuente durante la dominación de la iglesia en la Edad Media, pues el conocimiento estaba vedado y resguardado en los conventos, era más fácil convencer por medio de algo tan directo y enfático como la mímesis y la imagen sangrienta. Este proceso de conocimiento convencía y de manera subliminal retribuía al alma por medio del dolor y el sufrimiento del cuerpo, la salvación y la trascendencia; en palabras de Umberto Eco: En el mundo cristiano la santidad no es más que la imitación de Cristo. Será sufrimiento, y sufrimiento atroz, el de quien da la vida para testimoniar su fe… en el arte medieval, raramente el mártir se representaba afeado por los tormentos como se había osado hacer con Cristo. En el caso de Cristo se subrayaba la inmensidad imitable del sacrificio realizado, mientras que en el caso de los mártires (para exhortar a imitarles) se muestra la serenidad seráfica con la que se enfrentaron a su suerte (4)


Muchos mártires, eremitas y penitentes padecieron tormentos físicos innombrables para abrirse paso en los caminos místicos hacia la santidad, de esta manera durante el renacimiento, en el clima de la revalorización del cuerpo humano, pasa por una pulcrificación del dolor y nos encontramos con complacencias a menudo homófilas y disimuladas. La espiritualidad barroca celebrará las penitencias de los santos y su desprecio por el cuerpo participando de una teatralidad sádica, portentosa y solemne. Existen ejemplos como el referido anteriormente de san Bernardo, o  eremitas que lamen las heridas de Cristo en visiones de una sublimada intencionalidad sexual y antropófaga. 


El Triunfo de la Muerte (1562) por Pieter Brueghel el Viejo


En el sincretismo resultante de la conquista de América, los mecanismos de dominación se justificaron por la catequización antes mencionada, al igual que en la Edad Media europea, (recordemos que España estaba estancada, dominada por la inquisición, mientras el resto de Europa caminaba hacia el renacimiento y las ideas antropocéntricas que después recaerán en el pensamiento eurocentrista de la ilustración y la modernidad) confluyeron en un sistema fuertemente religioso, en donde la iglesia dominaba sobre las ideas y el pensamiento. La corporeidad de las deidades indígenas fue desplazada por la corporeidad cristiana, resultando en una restitución de ritos o reinvención, y es aquí donde confluyen fuertemente las similitudes: los temores y la angustia sobre el vehículo corporal, como el receptor de los estragos, el sacrificio y el ingrediente agregado de la culpa. En otrora la piedra de sacrificio explicaba la vida en términos de restitución del ciclo y la metamorfosis del cosmos; el parto y la muerte eran entendidos como un solo concepto, una dualidad necesaria. En este sincretismo el ciclo regenerativo de la naturaleza como forma de pensamiento prehispánico no muere del todo, aunque separa la dualidad vida-muerte y la sangre es una esencia redentora y el cuerpo es una metáfora dividida entre la hostia y el cáliz: El cuerpo resucitado como vencedor de la muerte. El cosmos se redujo entonces, a la figura crística, allí está depositado el presente y el futuro humano, la frontera está ahora en la redención de la cruz y su arrogancia monoteísta, amén de la advertencia del infierno o la promesa del paraíso como espacios intangibles de tranquilidad eterna.


No se logró, sin embargo, anular los simbolismos sangrientos y desplazar del todo a las deidades indígenas durante la colonia, incluso, hasta hoy en día. Solo derivó en un reemplazo: Xipe Totec (5) fue desplazado por la figura de Cristo, por ejemplo. De esta manera, la condición angustiante y huérfana, ciega e inválida, depositada y aliviada en la madera encarnada y mimética del Cristo crucificado  o en la deidad prehispánica sedienta de sangre, es la misma, no ha cambiando más que el orden del tiempo y las justificaciones culturales. En todas las culturas existen estos reemplazos, las guerras y las dominaciones culturales han impuesto sobre los pueblos las ideas  e imaginarios, que a su vez, han sido domesticados. Es un viaje constante que traza la historia junto a las sombras de la incertidumbre y el miedo. La máscara sobre la máscara, desplaza la debilidad humana hacia el mismo lugar, gira en el mismo círculo. El ser humano se adora a sí mismo en el espejo de la deidad, del santo, que tiene su misma sed, su misma arrogancia: el súper yo, el súper hombre, el anulado, el desterrado.
El tributo sangriento esta dibujado de distintas maneras, y sus claroscuros establecidos en los confines espirituales, morales y éticos. A raíz de la idea cristiana del dolor y de la muerte en devenir de resurrección, existen aristas que parecen hoy  día  abyectas e intransigentes. Actualmente la cultura ya no esta medida por la estricta religión, está medida por el capitalismo, el consumo y las brechas entre países “desarrollados” y “ en desarrollo”, en cada uno, los ritos han mutado: de los primeros, del fracaso de la ilustración y la modernidad, han mutado al nihilismo consumista en la era del You Tube y la imagen irreal en tiempo “real”: imágenes excesivas y sangrientas , el “Éxito” y decadencia de las celebridades, la imagen fácil  y la incongruencia fascinate del travestismo cultural. Se asiste entonces, al culto por lo perecedero y desechable  en un constante rito del entretenimiento, donde la sangre y el cuerpo se cuestionan por su virtualidad y la figura de Cristo Salvador compitiendo con Wall Street y lo políticamente correcto. Los países “en desarrollo” por su parte, son receptores pasivos de la incongruencia seductora del “primer mundo” su condición de periféricos, de inconstantes y convulsos, los hacen además para los otros, fascinantes, exóticos y  “originales”.

Los mitos y ritos como ideas per se siguen casi intactos en los dos mundos, entre falsos milagros y placeres efímeros, conviviendo con los desechos y la alienación del centralismo y el poder capitalistas. La espiritualidad,  la piedad y el sacrificio son quimeras absolutas y oscuras, casi indescifrables en el hilo de la historia actual.  Es entonces en este espacio, en este límite o frontera actual, donde se dibujan los mitos actuales: sangre virtual, desecho y exilio, disparidad entre los mundos porque la llamada cultura global nombra todo, conoce todo, y el dios verdadero es un arquetipo invisible y abstracto como el antiguo, es quizás el de siempre pero transmitido en la era virtual en tiempo real: hay que adorarle, pues es vacío y angustia, y es allí donde nacen los ritos.


Fotomontaje chafois de Osama Bin Laden


REFERENCIAS


1. “Una vez seguros de que un ser es, queda por preguntarse cómo es para llegar a lo que es, pero con respecto a Dios, no pudiendo saber lo que es, limitados a conocer lo que no es, no hemos de considerar cómo es, sino más bien, como no es” Tomás de Aquino, Suma teológica.

2. En la escena final de la novela The Grapes of Wrath, (Las uvas de la ira), del escritor estadunidense, John Steinbeck, -ambientada en 1930, durante la gran crisis de Estados Unidos y el éxodo dramático de los agricultores que son expulsados de sus tierras y viven en condiciones deplorables de hambruna y pobreza-. Rose of Sharon que ha parido un hijo muerto se refugia junto con otras familias en un granero después de habérseles inundado el furgón en donde estaban refugiados. Allí encontraron a un niño y a su padre moribundo que ella en un acto de amor arropó y amamantó, esta escena recuerda mucho la imagen frecuentemente representada en el arte cristiano “la Madre de Dios lactante”.

3. Para Arthur Danto, en Después del fin del arte,  Paidós, Barcelona, 1999, durante la edad media y antes de la justificación de dicho término, por parte de la narrativa de Vasari, los artistas no eran llamados como tales, pues ni existía la autonomía de la firma, y ni siquiera se cuestionaban el porqué estaban haciendo incisiones sobre una superficie.

4. Umberto Eco. La historia de la fealdad. Madrid: Lumen, 2007.

5. Xipe Totec Nuestro Señor, el Desollado es la deidad azteca que representa la parte masculina del universo, la renovación, y el maíz tierno cuya mazorca es descubierta al quitar su capa, como el nuevo alimento y la primavera, en los ritos aztecas del sacrificio, los sacerdotes después de extraer el corazón del sacrificado, desollaba la piel cuidadosamente junto con el rostro y así, poder vestirse con la piel del mismo. Así, estaba imitando la mazorca de maíz y travistiéndose de manera que renovaba con dicho sacrificio el ciclo de nacimiento y vida. Era un ritual específicamente de fertilidad y se podría comparar con el mito cristiano del sacrificio que nació se hizo hombre y dio su vida para salvar a la humanidad, al igual que Xipe Totec que se quitó la piel como símbolo de salvación.

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