domingo, 15 de mayo de 2011

El movimiento Dogma veinticinco años antes: ¿Por qué enloquece el Sr. R? de R.W. Fassbinder.

                                                                                  
                                                                                  ERIC SILVA MANJARREZ


“¿Has escuchado el de un tipo que va a una panadería y ordena una barra de pan? 

‘¿Blanco o negro?’ pregunta el panadero. ‘No importa’, dice. ‘Es para un ciego”.

¿Cómo nos trasladamos de las palabras iniciales de ¿Por qué enloquece el Sr. R? –uno de los cinco chistes que cuentan los colegas del Sr. R─ a su climático desboque asesino? Como el título, esa es otra corrosiva y resonante pregunta.
Este es uno de los trabajos más intensos y originales de Fassbinder. Aunque fue coescrita y codirigida con su amigo Michael Fengler, la visión es Fassbinder puro. Suscita  temas ─sobre la las problemáticas vinculaciones del individuo con la sociedad y con él mismo—que explorará desde varios ángulos en filmes posteriores. De cierta forma, es una extensión de su clásico minimalista  Katzelmacher, sobre un grupo de jóvenes sin voluntad cuyas vidas se alternan entre  la inacción y la violencia (el Sr. R. puede ser uno de ellos, diez años después en un trabajo de oficinista). También nos remite a otro excepcional film posterior: Madre Kuster sube al cielo,  acerca de los efectos en una familia cuando el padre inicia una juerga asesina en el trabajo. Pero en estilo y atmósfera, esta película, como el mismo Sr. R., es completamente autónoma.




¿Por qué enloquece el Sr. R? es el cuarto largometraje de Fassbinder y uno de cinco que habría de realizar en 1970 junto con tres obras de teatro. Típico año prolífico para un artista que dirigió 41 películas y tres docenas de producciones teatrales en catorce hiperactivos años antes de morir a la edad de 36. La película fue fotografiada en 16 mm por Dietrich Lohmann (colaborador en la  mayoría de sus trabajos tempranos) en el invierno de 1970 en Munich, y estrenada el 28 de enero. Como la mayoría de los primeros trabajos de Fassbinder, sólo atrajo a un puñado de cinéfilos aventureros, pero fue ovacionada por la crítica y ganó premios importantes en el Festival de Berlín. Hoy, Fassbinder es citado como influencia mayor por cineastas como Almodóvar, Jarmusch, Kiarostami, Van Sant y Von Trier, quien especialmente está en deuda por anticiparse virtualmente un cuarto de siglo a las reglas ultra naturalistas del movimiento Dogma 95. 

Como el Sr. R., el tímido dibujante quien finalmente alcanza su punto límite, Kurt Raab ofrece una de sus más desconcertantes actuaciones. Parece que tiene más capas conforme  el film avanza y se intenta dilucidar su naturaleza obscura. Raab colaboró virtualmente en todas las películas de Fassbinder, usualmente en diseño de producción pero en algunas ocasiones como actor. 

Aunque era escasa la investigación clínica sobre los asesinos de familias en 1970, Fassbinder intuyó mucho de lo que encontraron los estudios subsecuentes. A pesar del acto en sí mismo, estos homicidios son especialmente impactantes porque son cometidos por individuos ordinarios. Este es exactamente el efecto que Fassbinder logra en la radical estructura del Sr. R.: durante el noventa y cinco por ciento del film, atestiguamos la terrible e insulsa vida del Sr. R. en su trabajo y casa. Cuando en la penúltima escena aporrea lánguidamente a su vecina, esposa e hijo, todo es más visceral, aunque los golpes fatales están fuera de cuadro, no vemos sangre. Estos sorprendentes últimos minutos nos obligan a reestudiar todo lo que habíamos visto, lo que creíamos saber sobre este acicalado y tranquilo hombre. 

No es coincidencia que este sea el único título de Fassbinder en forma de interrogación: “¿Por qué...?” De esta manera se plantean las más frecuentes razones clínicas para explicar los asesinatos familiares, incluyendo los celos. Pero no hay evidencia que la esposa del Sr. R. le haya sido infiel, a menos que se cuente la ocasión en la que se sentó al lado de un atractivo vecino. Otro motivo común para estos asesinatos es el historial de abuso pero los padres del Sr. R. aparecen como encantadores suegros y abuelos consentidores. En la fiesta de Navidad de la empresa, el jefe avergüenza al Sr. R. al rehusarse a brindar por su (inexistente) amistad. La humillación es otro motivo para el familicidio, pero una vez más, Fassbinder se resiste a una explicación simplista. 

También nos muestra la falibilidad humana construida en el profesionalismo médico y psicológico. El doctor quien diagnostica los dolores de cabeza del Sr. R., es superficial e ineficiente: sólo deje de fumar, dice, y el problema desaparecerá. Más inquietante que el médico es la bienintencionada consejera de la escuela, quien cita al Sr. R. y a su esposa para escuchar la letanía sobre los problemas sociales y académicos de su hijo. Mientras el Sr. R. escucha en  silencio, su cuerpo ligeramente retorcido, nosotros ─y quizás él─ podemos imaginar que el hijo se está convirtiendo en el padre. 

A través de un cast perfecto, tenemos la sensación de voyeur, de ver y escuchar a escondidas a gente que parece real. De hecho, prácticamente todo el elenco usa su nombre real, incluyendo a Kurt Raab. A él se refieren constantemente como “Kurt” o “Sr. Raab”.
Si me sirvo de esa forma porque es por la convención de referirse a este film, pero también porque por toda su autenticidad, el Sr. R, es un símbolo de la alineación del hombre moderno, un Travis Bickle regordete. 

En vez de reducir al Sr. R. como un caso de estudio, Fassbinder lo revela en una manera más profunda y perturbadora a través de su realización. Un hombre que pudo matar a su esposa e hijo es un hombre que ve el mundo como un lugar sombrío, una prisión sin barrotes. El mundo interno del Sr. R., de callada desesperación, es lo que vemos proyectado en pantalla.


 


Aunque Fassbinder emplea un estilo documental, con uso extensivo de cámara en mano, el resultado es intensamente subjetivo. Los largos planos estáticos, interrumpido por accidentados paneos e invasivos primeros planos encapsulan al Sr. R. Aún cuando está con compañeros de trabajo o con vecinos de visita, la cámara se angula para aislarlo. Se sienta solo, ligeramente encorvado contra un fondo plano. Es generalmente encuadrado como se ve él mismo: relegado a los márgenes. Esta asimetría es especialmente premonitoria a la luz de su trabajo como dibujante; podría ser despedido por una perspectiva torcida. Para el Sr. R., la película es una represiva eternidad de ochenta minutos. Los asesinatos no son menos impactantes por sentirlos terriblemente inevitables. 

Mientras esta es una de las películas más hiperrealistas de Fassbinder, es también uno de sus trabajos más ambiguos, misterioso hasta la médula. El título alegórico sugiera intenciones simbólicas pero nunca obliga a una interpretación única. Como en todas sus películas no hay héroes simplistas o villanos, simplemente monstruos. En trabajos posteriores, Fassbinder explorará lo que molesta a una sociedad, pero aquí vemos lo que esa molestia fatalmente se posiciona en un solo hombre. 

La pregunta está en el aire: ¿Por qué enloquece el Sr. R.?

 


 

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