lunes, 3 de septiembre de 2012

Innovando la Tradición en Oaxaca. La artesanía se transforma para no morir

Entrevista con la diseñadora industrial KYTHZIA BARRERA
Por Karina Ruiz Ojeda 

¿Qué es lo que define las fronteras entre diseño, arte y artesanía? ¿Cómo afecta la interacción de estas áreas en el desarrollo de la artesanía y de los artesanos? Estas preguntas surgen al conocer el trabajo del colectivo Innovando la Tradición, un proyecto de diseño sustentable que surgió por iniciativa de la diseñadora industrial Kythzia Barrera, en el que artesanos, diseñadores y artistas exploran territorios compartidos de acción, con el propósito de honrar y reinventar la tradición cerámica de Oaxaca. Se valen de estrategias de diseño colaborativo y metodologías informadas por otras ciencias sociales. Como asociación civil, se mantienen mediante fondos de otras asociaciones civiles, gobierno y donaciones privadas.             
Familia de puerquitos / Barro rojo / Alberta Mateo, Kythzia Barrera / San Marcos Tlapazola
Hasta la fecha han trabajado en San Bartolo Coyotepec, Santa María Atzompa, San Marcos Tlapazola y San Martín Mexicapam, han comercializado con éxito sus productos a través del colectivo 1050º, y en las tiendas del Museum of Modern Art de Nueva York y Tokio, entre otros sitios. Recientemente publicaron el libro Barro y fuego, una radiografía de la alfarería en Oaxaca.
Barrera es egresada de la Universidad Iberoamericana y de la Design Academy, Eindhoven (Holanda). En junio pasado, antes de las celebraciones de la Guelaguetza [la llamada “máxima fiesta de los oaxaqueños”], platiqué con ella para tratar de desmenuzar lo que implica innovar la tradición; cómo se concibe la tradición en un mundo globalizado, cuáles han sido algunas experiencias en este diálogo entre diversos creadores, qué significan las categorías “arte”, “diseño” y “artesanía”, y otras cuestiones, como el desdén al oficio del artesano por parte de muchos legisladores.

¿Cómo surge el proyecto Innovando la Tradición?
Surge de una investigación que hago en 2002 para la maestría en diseño que hice en Holanda. Primero hice una investigación sobre cuál es la razón por la cual la artesanía sobrevive en un mundo que va cada vez más rápido, en una sociedad industrial que produce más de 300 productos por segundo. Me intrigaba mucho por qué en Oaxaca específicamente hay toda esa diversidad y por qué la existencia de las artesanías sigue siendo parte de nuestra vida; tiene que ver con la cultura profunda, las raíces de los pueblos originarios. Después se convierte en mi tesis, hago toda una teoría de cómo podría la modernidad impulsar la tradición, esa era mi hipótesis. Más que pensar que la modernidad está haciendo que se destruya la tradición, la está transformando, y al transformarla, evoluciona, y al evolucionar perdura y se mantiene. Los pueblos originarios también, ya investigando más, observando, leyendo opiniones de gente más informada, de los mismos pueblos indígenas, de los mismos artesanos, la misma tradición innova la tradición para que siga existiendo como tal, es una paradoja muy interesante la tensión entre la tradición y la modernidad. Los mismos pueblos originarios, cuando una tradición deja de ser relevante al interior de su comunidad, ven cómo la cambian, cómo la acomodan para que siga siendo parte de ella.

¿Cómo has trasladado esta investigación a la práctica?
Esta hipótesis de que la modernidad transforma la tradición, la quise comprobar y empecé a poner en práctica toda la teoría, esto me ha llevado 10 años pero creo que sí está funcionando, sí se está comprobando la hipótesis. Al ponerla en práctica me doy cuenta de que es una chamba titánica, que sola no voy a poder, entonces empiezo a desarrollar la metodología de diseño colaborativo, lo que nos ha funcionado muy bien es generar atmósferas de trabajo entre artesanos, artistas y diseñadores, porque pienso que es una tarea de todos, no se puede dar sólo con los diseñadores, sólo con los artesanos, sólo con la academia, sólo con los investigadores; se tiene que dar todo junto. Hice un primer taller en 2008 con toda una teoría de evolución de los objetos que toma herramientas de la biología, de la taxonomía, de las teorías taxonómicas del siglo XVII, del naturalismo, de cómo evoluciona la naturaleza, los animales y las plantas. Hice una traducción de esas teorías al mundo de los objetos, invité a un diseñador finlandés que trabaja en ese mismo tema e hicimos un taller creativo al que invitamos a artesanos de los Valles Centrales, a diseñadores, a ceramistas. Fue un éxito increíble.
            De ahí salieron productos, yo les di seguimiento a esos prototipos, porque no eran productos terminados, los mostramos en un evento en la ciudad de México y fue un éxito, se vendió todo en dos días. Con eso dijimos “bueno, vamos a darle forma”, el maestro Francisco Toledo nos pide que por favor hagamos esto de manera más seria, más formal y se crea el Consejo para innovar la tradición cerámica de Oaxaca, del que forman parte ocho miembros: deseadores, artesanos y artistas; Francisco Toledo, Adán Paredes, Eric Mindling, Diego Mier y Terán, Ana Gómez, Claudia Cancino, Claudio López y yo. Con esto empezamos a definir líneas de trabajo, a entender mejor el problema, a tener más relación los artesanos, que fueran ellos los que dictaran qué tipo de soluciones se pueden hacer, y ahí vamos, llevamos ya 4 años. En 2008 fue el primer taller y 2009 se hace la asociación.
Artesanos mostrando sus productos que irán al MoMA
¿Cómo conciben ustedes la tradición?
Es una paradoja muy extraña porque la tradición es a veces muy estricta, inflexible, tiene raíces muy profundas. Hay una parte que es muy resistente, que tiene un lado bueno porque por eso sigue existiendo; y tiene un lado que tiene que ser cambiante y flexible para que siga siendo parte de la vida. La tradición tiene que innovarse para volver a ser tradición.

¿Cuáles dirías que son esos elementos que tienen que permanecer para que una tradición se mantenga?
En cada caso es diferente, por ejemplo, hay tradiciones orales que durante muchos años se han mantenido. Como el mundo ha cambiado tanto, los mismos pueblos indígenas se han dado cuenta que muchas tradiciones orales se tienen que registrar y tienen que pasar a otro medio para que sigan existiendo estos relatos de los abuelos que son tan importantes para mantenerse. Por ejemplo, los huicholes están haciendo video, algunos pueblos indígenas están escribiendo su lengua, una cosa que antes no era necesario.
           
En la música también, las bandas de los pueblos mixes o zapotecas de la Sierra Norte están haciendo covers de Daniela Romo y de Juan Gabriel, esa es una manera de hacer que se mantenga para que siga siendo parte de la vida, no como una cosa del pasado y obligatoria, sino que siga siendo parte importante, crucial de su vida. En las bandas en la Sierra Norte te puedo dar el caso de Santiago Zoochila, es un pueblo zapoteco hermoso que parece un sueño, chiquitito, y la música ahí es el eje de la vida. En la agencia municipal, el espacio más grande es para que los músicos ensayen, el dinero que se recauda del impuesto más alto es para los músicos, los migrantes que están en Estados Unidos mandan dinero y la parte más grande es para la música, y acaban de hacer un disco con covers de los Beatles, entre otros grupos. Los chavos están felices, igual tocan en la iglesia el Padre Nuestro que Sandunga o Juan Gabriel.

¿Cuáles son los elementos que se mantienen?
Yo creo que lo que se debe de mantener no es tanto la forma de las expresiones sino la forma de vida detrás de esas expresiones. Los cambios que se tengan que hacer deben orientarse a que se mantenga la comunidad, todo lo que los hace ser lo que son. Por eso trabajo con esto, porque eso es lo que me enriquece, no porque quiero ayudar a los “pobrecitos”, sino porque a mí me da respuestas a las carencias que tengo en mi vida; los artesanos me enseñan, son mis grandes maestros de diseño y de vida. 
            Lo que se debe de mantener es la forma de vida que soporta esos rituales y esos objetos. Lo que le da sentido a esos objetos no es la forma, la curvita, la altura, la proporción. La actividad alfarera, por ejemplo, es colectiva, comunitaria, donde todos participan, donde cada quién tiene su sabiduría, su conocimiento, su participación. Yo veo la tradición como una red donde se soporta la vida de la gente, eso es lo que hay que mantener y reforzar. Si queman con leña, con gas o con briquettes –que es como una eco-leña–  no importa, mientras sigan haciéndolo de manera colectiva, mientras el oficio siga siendo el eje de su vida. Los cambios a la forma de objetos milenarios están bien, se tienen que dar, porque se tienen que adaptar a la nueva comida, a los usos en las ciudades, al contexto que los rodea, que ya no es el trueque entre los mismos miembros de la comunidad, ya hay una economía de mercado que requiere que se tengan que adaptar. Si esos cambios a las formas de los objetos hacen que la forma de vida se mantenga, yo digo “va”, adelante. Hay antropólogos que me oyen hablar y “¡sacrilegio, quémenla en la hoguera!, el arte popular tiene que ser rojo porque rojo ha sido siempre y siempre se ha hecho con este tinte”, entiendo el valor de eso, siempre va a existir, pero no me preocupa que se desaparezcan las formas tradicionales, porque chocolate y tortillas siempre vamos a comer.
Hornos de energía alternativa en Atzompa (Oaxaca)
            Yo creo que las piezas muy tradicionales se van a seguir haciendo, no van a ser las 68 comunidades que trabajan en Oaxaca, no; van a desaparecer muchas, sí, pero las que queden van a seguir haciendo comales, tazas chocolateras, los objetos más tradicionales. Si además podemos hacer que las que sobrevivan tengan un lugar digno en el mundo global con otros objetos y que en ese mundo global puedan mantener su forma de vida como el eje de su existencia porque ellos así lo quieren –porque yo voy haciendo lo que ellos me dicen, lo que ellos quieren, voy al ritmo que ellos piden. Si lo que sé hacer como diseñadora aporta a que esta forma de vida indígena comunitaria colectiva, respetuosa con el ambiente, que tiene sus raíces en una identidad milenaria, sobreviva, lo voy a poner ahí y lo voy a usar para eso, y los pueblos pondrán lo que ellos saben hacer: ser grandes maestros.

¿De qué forma se da este intercambio?
En Innovando la tradición todos vamos poniendo lo que sabemos hacer para lograr que esa forma de vida nos siga dando respuestas a nuestras vidas. Es un diálogo. Es un puente entre individuos del mundo moderno y del mundo indígena para entendernos mejor y ayudarnos a estar presentes en el mundo global, con toda nuestra identidad y dignidad. Es un tema fascinante e inagotable, en el mundo del diseño no hay recetas, todo el tiempo hay que estarlo pensando y replanteando; repensando, proponiendo, equivocándonos y regresando; probando y dialogando con ese mundo. Nos da muchísimo gusto que los mismos artesanos ahora se acercan a pedirnos ayuda, consultorías, opiniones, porque es un reconocimiento para ayudarnos a lograr los objetivos que ellos mismos se plantean. Es un honor, un halago que nos llame un artesano para decirnos “necesito que me ayudes con este proyecto, quiero hacer esto…”

¿Con qué técnicas artesanales trabajan?
Nuestro trabajo está muy enfocado al desarrollo alfarero pero, por ejemplo, Edgardo Villanueva, artesano textil quinta generación, líder de artesanos de diferentes técnicas, nos buscó para ayudarlo a hacer un encuentro de artesanos para artesanos, en el que se van a dar conferencias, música. Es una iniciativa de ellos porque el gobierno se ha dedicado a meterles el pie, a complicárselas mucho “sin querer queriendo”, es muy complejo el apoyo gubernamental. Edgardo está organizando a los artesanos para no depender tanto de esos apoyos de gobierno y quieren hacer un corredor cultural en la Guelaguetza [realizado en la ciudad de Oaxaca, del 20 de julio al 5 de agosto de 2012], un congreso que contempla conferencias con académicos especializados que hablarán de las investigaciones que se hacen sobre pueblos indígenas, entre otras actividades. Edgardo apoya la idea de que los artesanos tienen que educarse para poder competir mejor entre ellos y para poder encontrar un lugar más digno en una sociedad que está cambiando tanto. Todo este encuentro es para que los mismos artesanos conozcan más sobre su propia historia, sus tradiciones, que la gente que vea las artesanías tenga más información, porque muchas veces el turista viene y ve una artesanía pero no tiene muchos elementos para entenderla en toda su complejidad.

            Innovando la Tradición no va a trabajar con otras técnicas porque no podemos abarcar todo, inclusive todavía no somos especialistas en alfarería. Cada artesanía es un mundo, cada comunidad, cada artesano, cada familia es un caso diferente. Nos queremos enfocar mucho en apoyar sólo el desarrollo de la alfarería, aunque tenemos interés en integrar otras técnicas que se hablan bien con ésta, como el textil o la madera. Pero tan sólo la alfarería da para vidas.

¿Qué alcances ha tenido el proyecto?
Hay resultados tangibles que son muy seductores, muy flashy. Estamos vendiendo en las tiendas del MoMA en Nueva York y en Tokio, los productos que han resultado de estas capacitaciones. Ese es un resultado muy contundente de que la tradición puede mantener su esencia y convivir con el mundo moderno a un nivel horizontal. Estar en las tiendas el MoMA junto a piezas de grandes diseñadores es la prueba más clara de que está funcionando ese diálogo. También la comercialización en el mercado nacional es un éxito, aunque todavía no somos una empresa en equilibrio, todavía dependemos de financiamientos y de donativos, pero estamos cerca de lograrlo. 
Inauguración de Destination Mexico, en el MoMA de Nueva York
            Otro éxito tangible es el libro Barro y fuego, resultado de un diálogo de muchos años con alfareros para hacer un registro y un diagnóstico de quiénes y cómo son, dónde están, qué hacen, cómo lo hacen. Cuando ellos lo vieron se sorprendieron muchísimo. Está resultando como un libro de texto para los artesanos, para entender sus procesos, compararse entre comunidades. Nos agradecieron mucho. Al hacerlo nunca pensé que fuera a ser una referencia para ellos, yo lo pensaba como una referencia para los que no conocen nada del tema. Edgardo me dijo que había que hacerlo con todas las técnicas. Este libro es resultado de la investigación de Eric Mindling, que lleva 18 años yendo a pueblos a hablar con alfareros. Un alcance intangible es el aumento de la autoestima de las artesanas al entrar a un proyecto como tantos que les han prometido, y que de pronto se dan cuenta de que es una relación diferente, donde nosotros tratamos de posicionarnos en un lugar donde queremos hablarles de manera horizontal, donde queremos relacionarnos con ellas por su conocimiento, por su sabiduría, donde no hay explotación, sino amistad, confianza. Ese es un resultado increíble, porque buscamos apoyarnos en todo lo que podemos. Eso les ha generado mucha confianza, mucha seguridad y más impulso para seguir trabajando. Son personas mucho más sólidas, entienden que el reconocimiento no es momentáneo, sino que perdura y da frutos. Fuimos con ellas a Nueva York a ver las piezas para la inauguración del evento, la presencia de ellas en el MoMA fue súper importante para este diálogo.
Portada del libro Barro y fuego, El arte de la alfarería en Oaxaca, de Eric Mindling
¿Esta relación de colaboración plantea una eliminación de jerarquías entre arte popular, diseño y arte?
Son categorías conceptuales que nos dificultan mucho el trabajo, que nos hacen muy difícil explicar lo que hacemos y crecer como país. Las grandes potencias en diseño son grandes potencias económicas, son economías que están basadas en el desarrollo de sus industrias artesanales, de sus talleres familiares, como Italia, Finlandia, Japón. Cosa que no sucede aquí porque insistimos en separar, porque tenemos colonizado el cerebro.

            Sí creo en las categorías, pero las fronteras son muy difusas y los conceptos nos dificultan la vinculación, sumado a que es una sociedad muy clasista. Las piezas que hacen las artesanas de Oaxaca son piezas de arte porque son únicas, pero como se queman a baja temperatura, es alfarería, no es alta temperatura y no puede entrar al mundo del arte. Es sólo una cuestión técnica, pero el proceso creativo de una artesanía sí es diferente por todo esto que hay detrás, todo un mundo, una cosmovisión, una manera de trabajar que es distinta a la del artista.

¿Menos individualista?
Exacto, es colectiva. La autoría es colectiva. Esa es la principal diferencia. El arte popular está coqueteando con los dos porque están los “grandes maestros” que tienen su autoría individual, utilizan un conocimiento de autoría colectiva y se posicionan en el mundo del arte como los grandes maestros. Pero no estoy de acuerdo con esta colonización mental que tenemos, ni con este aferramiento a las divisiones y al lugar donde cada uno debe de exponerse: la artesanía a la banqueta, el arte popular en las vitrinas, en los museos, intactas, y los ceramistas a la galería o al museo. Es decir, en Innovando la Tradición reconocemos y respetamos las diferencias entre arte, diseño y artesanía, pero trabajamos a partir de las coincidencias y no de las diferencias. Nuestro trabajo es colectivo e interdisciplinario, ya que involucra la visión de diseñadores, psicólogos, ingenieros, artistas, artesanos, consultores de negocios internacionales y abogados. Todos participamos en la transformación y desarrollo cultural. Es labor de todos.
Taller "Manos en la masa", donde se trató de encontrar nuevos caminos para la artesanía y su relación con la cocina
            También es que México no ha reconocido esa riqueza cultural como el motor o la posibilidad de que se vuelva un motor económico central. La política de desarrollo artesanal tendría que estar en las agendas de las secretarías más importantes de la nación, como política de Estado en economía, en educación, no en FONART como “ay, los inditos”.

            Yo hago comparaciones con países que sí lo han entendido como un potencial económico, como un motor central. Japón es un ejemplo claro, es una sociedad súper industrializada y tecnologizada, pero todo su desarrollo económico viene de darle un lugar preponderante a su tradición. No digo que es el único camino y la manera perfecta para hacerlo.

            El trabajo que hacemos trata de impulsarlo así: hacer del desarrollo cultural el motor del desarrollo económico, pero es algo muy complicado de explicar y es difícil hacer que influya en una política de Estado. A nivel federal, FONART está haciendo desarrollos de leyes artesanales que son aberrantes, leyes que protejan las artesanías, cuando, insisto, no es el objeto; la ley artesanal no debe proteger los objetos, debe de apoyar el desarrollo de los artesanos. No se trata del objeto sino de todo lo que hay detrás, de lo que posibilita que eso exista. Esas leyes son muy peligrosas, si pasan, hasta aquí llegamos con la artesanía.

            Hicimos unas comisiones a nivel nacional, tuvimos oportunidad de que nos invitaran a un encuentro nacional de artesanos, que fue el primer encuentro que se hizo, donde intentamos invitar a todos los alfareros del país. Hubo mucha participación, aunque no logramos que fueran todos. Fue en Puebla, se planteó la ley artesanal, y se hizo una comisión que fue al congreso para que fueran los artesanos los que estuvieran en las mesas de discusión de esta ley. Sí fueron, pero es muy difícil improvisar esas cosas, que sean los políticos, que no tienen ni idea, los que hagan estas leyes que no incluyen la participación de los artesanos en la construcción de algo que les va a afectar profundamente. Esto era para una ley federal y ahorita hay una iniciativa a nivel estatal en Oaxaca, que sería el primer estado en tener esta ley; justamente Edgardo Villanueva y otras organizaciones, incluidos nosotros, estamos tratando de hacer una contrapropuesta diciendo que no se trata de las artesanías, sino de establecer lineamientos para apoyar el desarrollo de los artesanos. Ahí vamos, luchando en muchos frentes.
Ollas para cocinar / Barro rojo / Elia Mateo, Macrina Mateo / San Marcos Tlapazola
            Lo más importante es hacer entender que la artesanía está en constante cambio porque está generada por personas y las personas son parte de grupos sociales que están en constante cambio, que están siendo afectados por lo que sucede en todas partes del mundo. No pensar la artesanía como una cosa que se tiene que poner en una vitrina de museo y ahí se tiene que preservar y no puede cambiar, porque si lo hace, se va a acabar. Hay muchas complejidades para hacer que la artesanía pueda cambiar a la velocidad que requiere. Si los artesanos no se ponen las pilas en tener herramientas para transformarse, se van a quedar atrás, y los políticos y los diseñadores los van a hacer pedazos, porque hay toda esta moda del diseño aportando a la artesanía, y eso también es muy peligroso; hacer intervenciones, sin entender todo esto que te platico, es peligroso. Está bien que todos podamos participar en esa transformación pero también depende cómo y desde dónde, si lo haces desde arriba, jerárquica, o si te cambias de lugar, te replanteas y retas tus habilidades de diseñador para no ser quien dicte el cambio, sino posicionarte de una manera más horizontal, menos protagónica. No es tan fácil y no todo mundo sabemos hacerlo. Oaxaca está lleno de tienditas que hacen eso, de la misma forma que está de moda ser ecológico, ser verde. Pero no todo lo que se pinte de verde va a ser ecológico.

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Más información en : www.innovandolatradicion.org

Los productos de Innovando la Tradición se pueden comprar en:
El MACO (Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca), el Museum of Modern Arte (MoMA) de Nueva York y Tokyo y en el Hotel Brick en la ciudad de México.
 

Invisibilización sistemática del feminicidio en Chile

Ainhoa Vásquez Mejías


Debo reconocer que hasta hace poco tiempo yo fui una ferviente defensora de utilizar en Chile el término femicidio, en detrimento de feminicidio. Feminicidio me parecía exagerado. Culpar al Estado de cada asesinato de mujeres en manos de hombres por razones de misoginia o sexismo me parecía demasiado. Ilusamente, o más bien con una intensión de ver el vaso medio lleno – lo que también me hace de una u otra manera cómplice – tapé la realidad justificando en varios escritos que en Chile no teníamos feminicidio porque acá no se normalizaba ni toleraba la violencia de género por parte de la sociedad; no existía una violencia institucional sobre las familias; ni culpabilización de las víctimas; ni trato discriminatorio, autoritario y negligente por parte de las autoridades. Al contrario, aseguré en varias oportunidades que en mi país, a diferencia de otros vecinos, se esclarecían los casos y se reparaba el daño a los familiares, al menos, con compensaciones económicas o impartiendo justicia. No veía que en Chile existiera esa fractura del Estado democrático de derecho que permite la reproducción de crímenes sin límites y sin castigos que hace a otros lugares merecedores del calificativo de “feminicidio”.

            Me acuso de tratar de despolitizar el término, de excusar a las autoridades por lo que ocurre en Chile, de no ser capaz de ver que acá el Estado tiene tanta culpa como en el resto del mundo y lo que es peor, intenta sistemáticamente generar programas y políticas que lejos de producir cambios terminan por invisibilizarlo. Llevo cerca de siete años trabajando el tema y reconozco con vergüenza que recién ahora asumo que en Chile también deberíamos adoptar el término feminicidio. También acá el asesinato de mujeres es amparado por la policía y la clase dominante, dejando impune gran parte de los casos y generando una confusión generalizada en la sociedad que intenta entender esta tipología y sus definiciones, muchas veces, contradictorias.

            Fue el caso de Nicole Villablanca el que me hizo entrar en razón. Ella apenas tenía 22 años y venía saliendo de una relación de pareja marcada por la violencia física y psicológica. De la unión había nacido un único hijo que actualmente tiene un año. Nicole, a pesar de ser bastante pequeña, era consciente de que no podía permitir maltratos por parte de su novio por lo que, pasando por alto el vínculo amoroso que los unía, lo denunció varias veces ante la fiscalía, logrando que el tribunal decretara una medida de protección a favor suyo. La orden de alejamiento y el número de teléfono que carabineros le entregó para que llamara en caso de necesitar ayuda no sirvieron absolutamente de nada.         

Jorge Luis Valdivia, celoso porque Nicole estaba empezando una nueva relación con un hombre con quien pensaba viajar a Chillán, ingresó a su casa por el patio trasero y al encontrarla en el dormitorio principal la insultó. Los gritos de la mujer no fueron suficientes. Tampoco alcanzó a tomar el teléfono para denunciar a su ex novio ante la policía. La orden de alejamiento no se pudo hacer efectiva porque no había nadie que custodiara que Jorge Luis no siguiera acosándola. Luego de los gritos él la apuñaló en el tórax. Nicole murió poco tiempo después. Los vecinos, que habían alcanzado a escuchar la pelea, llegaron tarde para salvarla.

            A todas luces este caso podría ser considerado como un feminicidio. El feminicidio número veintidós del año ocurrido en Chile. Una cifra más de un crimen que pudo haberse evitado si las autoridades hubieran sido competentes, como nos han hecho creer que lo son. Bajo la apariencia de preocupación, la policía y el Estado le hicieron creer a Nicole que la ayudarían a que nada malo le ocurriera, que no permitirían que Jorge Luis se le acercara. En la justificación que dieron, con posterioridad, culpabilizaron a la familia de la víctima por no estar presente, culpabilizaron a la misma Nicole por no haber escapado o no haber ocupado el número de teléfono que le habían dado y la única inquietud real fue el hecho de que con la muerte de la mujer se perdía la posibilidad de constituir una familia con los dos padres y el niño de ambos. Las autoridades no se responsabilizaron por su negligencia ni se sintieron culpables de que la historia de esta joven hubiera terminado tan pronto.

            Y es que, incluso en este caso en que claramente se comprueba que hubo feminicidio, con un Estado cómplice que permitió el crimen, no se puede juzgar ni siquiera por las leyes que incluyen al femicidio en su tipología. Si bien, los noticieros y los periódicos lo reconocen como tal, Jorge Luis Valdivia no será penado como femicida, sino como un homicida simple, con una condena bastante baja para la magnitud de su culpa. Todo esto porque los artículos que incluyen el femicidio lo hacen sólo dentro del marco de la Ley de Parricidio, y por ende, con las mismas penas que un parricida normal. Esta modificación a la Ley, que incorporó el femicidio como término en nuestro Código Penal, que tanto revuelo causó los meses antes de su publicación oficial en diciembre del año 2010 y de la que tanto el presidente como sus cercanos se enorgullecen, no es más que un intento desesperado, por parte del gobierno, de hacerle creer a la ciudadanía que la autoridad protege a las víctimas de estos delitos cuando lo que realmente hace es seguir invibilizándolos sistemáticamente.

La famosa y polémica tipología, de la que nos jactamos por ser uno de los pocos países en incluirla, no es más que una respuesta populista a un problema serio. Se pena como “femicidio”, así, sólo al agresor que tiene o ha tenido un vínculo legal de pareja con la víctima, lo que se describe de la siguiente manera: “el hombre que, conociendo las relaciones que los ligan, mate a una mujer que es o ha sido su cónyuge o su conviviente, cometerá el delito de femicidio” (Ley 20.480). De esta forma, se pretende castigar sólo los femicidios de pareja íntima (con la misma pena de un parricidio normal), sin considerar otro tipo de asesinatos a mujeres, tanto de cercanos como amigos, novios, padres, hermanos, como por desconocidos.

Baste recordar el espeluznante caso de lo ocurrido en el norte de Chile, en la localidad de Alto Hospicio entre los años 1999 y 2001 en que el Estado acusó a las niñas, que para ese entonces ya estaban muertas, de buscar salidas a su pobreza en la prostitución, de abandono de hogar y de estar involucradas en asuntos de drogas. De la misma manera, se culpabilizó a las familias por su condición social, estigmatizándolas simplemente por el hecho de no tener recursos económicos. Cuando los familiares intentaron obtener respuestas contundentes por parte de las autoridades, la policía aseguró haberlas visto en burdeles de Bolivia, se negaron a llevar un ministro en visita que diera luces acerca de la desaparición de las niñas, y se mantuvo todo el procedimiento (inexistente, por cierto) bajo un estricto “secreto de sumario”. Posteriormente, se atrapó a un supuesto culpable del que, hasta el día de hoy, se duda haya participado en los hechos que terminaron con la vida de al menos siete mujeres que fueron arrojadas a piques mineros. También este fue un claro episodio de “feminicidio” que ni siquiera podría ser penado como tal hoy que existe la tipología.

            De esta manera, lo que la ley chilena pretende en última instancia, no es proteger a la mujer en cuanto ser humano, sino sólo a aquellas que tienen calidad de “madres” y, por lo tanto, son parte de una institución mayor llamada “familia”. Es decir, la ley protege sólo a quienes han sido parte de un núcleo familiar al estar vinculados por el matrimonio o que, al menos, han vivido bajo el mismo techo con sus agresores. Todos los otros crímenes son calificados de homicidio, por más evidente que sea el femnicidio en cuestión.

Tanto lo ocurrido en Alto Hospicio como en el caso de Nicole Villablanca, así como en el de tantas otras que pidieron ayuda y se les hizo creer que se las darían pero terminaron siendo asesinadas por hombres en quienes ellas confiaban, no son incluidos como feminicidios. Y quizás está bien que sea así. Si la ley no soluciona nada, no aporta nada y sólo perpetúa la cadena de violencia, es momento de derribar la terminología y aceptar, de una vez por todas, tarde como yo lo estoy haciendo, que no estamos ante femicidio sino ante feminicidio, del cual el estado chileno es responsable aunque intente exculparse y, por fin, hacer que las leyes no sean sólo producto del populismo político sino una medida ante los crímenes reales.  


lunes, 6 de agosto de 2012

Brevísimo elogio de las ruinas


  César Cortés Vega


Observo ahora tres planos delante de mí.

1.- El primero es el más cercano, lugar en el que escribo esto: un espacio acogedor en el cual he adquirido una posición privilegiada, como si estuviese hecho tan sólo para mí. Ha bastado para ello colarme en la estructura del ocio, tan bien ponderado en estas épocas, y comprar cualquier cosa para hacer uso de una terraza frente a una de las glorietas más significativas en la Ciudad de México. Soy un ciudadano más, que clasifica su operatividad orgánica en escapes negociados con el mercado global. Y podría estar intercambiando abiertamente gestos simbólicos con un grupo de gentes, realizando sumas en papel reticulado o incluso elaborando estrategias para adquirir insignias de poder sin mancharme de sudor la frente y las axilas, como hace todo ciudadano que se respete. Y no. Tan sólo especulo y vierto ideas en un texto electrónico, con los pies posados en una mesa y mi lap en el regazo, en tanto escucho música y veo pasar a cientos de gentes:

Ellos chocan sus autos en frente nuestro / y esperan la atención de todos siempre / y yo acá / sangrando vas / el héroe y la muerte está / brillando en la arena.


Todo tan concreto como mi vagabundeo, pues está hecho a su justa medida. Y a pesar de ser tratado como un importante usuario estándar, tengo claro que en realidad estoy posado sobre una especie de palacio montado sobre un cierto tipo de destrucción, ruinas una y otra vez vueltas a levantar como en un juego de video. Acá, justo gracias a que no se percibe, ronda la destrucción y la muerte, y yo desarrollo mis obsesiones en medio de una sucesión invisible de desastres, cada uno de los cuales ha contribuido para que esta aparente calma parezca hecha de sí misma, emulación de paz y buena onda. Lo contemporáneo se configura por una especie de orgullo displicente; yo estoy acá y formo parte de manera natural. Poseo esta indolencia gracias a que siendo indiferente, se me diferencia por defecto. Si asistimos en las ciudades transmodernas (para no hacer uso de aquel otro término, cada vez más en desuso gracias a su hiperdeterminación) al escamoteo semiótico de las clases, a su disgregación o multiplicación fragmentaria por medio de la filiación del ciudadano al cálculo de la vida a través de los mil fetiches mercadológicos, en la emoción neurótica del futuro y la imitación de la moda y sus posibilidades, eso por supuesto no apunta a ningún tipo de unificación. Aludiendo a Hardt y a Negri en su ya clásico ensayo Imperio, los Estados-Nación son cada vez menos responsables de lo que pasa en lo local y, si existe aún hoy una moralidad que sigue reivindicando un territorio definido vinculado a la identidad patriótica, el nuevo orden mundial configurado por el Imperio es el que influye para que por ejemplo yo, ilustre desconocido, pueda sentirse participando e incluido a pesar de comportarse como un patán. Mi displicencia indica, sí, mi presentimiento del desastre, pero también mi acomodo en estas ruinas que ya no se ven –no como en el caso de aquella localidad provinciana ideada por Ibargüengoitia: Cuévano, con su milagroso Cristo Prieto del Reventón, que si bien contrapunteaba a la ciudad moderna de mediados del siglo XX, aludía a la destrucción evidente que ésta había provocado en sus personajes–. La aparente perfección actual, su limpieza de catálogo, no puede sino hacer pensar en aquella transparencia del mal de la que hablara Baudrillard como recomposición de los viejos sistemas fascistas por medio de la purificación minimalista de las formas, en las que la evidencia del desastre sería ocultada, invisibilizada para simular el “bien”.

II.- La segunda imagen la tengo frente a mí. Es el paisaje que observo a través del ventanal de la terraza, pues la glorieta en la que me encuentro es la del monumento a Cristóbal Colón en la avenida Reforma. Y hoy el masacote de piedra y metal parece recién hecho, como si acabaran de terminar las esculturas ayer y Cristóbal el vilipendiado –en términos contemporáneos podría decirse que el poder colonial no sólo le robó el nombre, sino que sigue ocultándose tras la hiperidentificación de personajes atascados en la memoria colectiva– fuese un comensal más, con su manocaida, su peinado hipster y en pleno uso de sus facultades mentales para abrirse de par en par al exterminio. Las figuras a sus pies (Pedro de Gante, de las Casas, Pérez de Marchena y Diego de Deza) parecen de plástico, negras y pulcras, los gestos dramáticos que podrían ser también los de galanes de telenovela en pleno arrobamiento genealógico. Muy parecido en realidad al primer caso; la terraza que me acoge limpita y con azulejos de imitación tradicional, salvo porque mientras que este espacio carece de vínculo con mi memoria, es decir, de un disparador real del que pueda yo asirme para reconstruir mi propia historia, frente al monumento hay en mi recuerdo una serie de imágenes encadenadas. Alguna vez vi en una marcha cómo algunos gamberrazos se trepaban al monumento para arrancar las cruces que portaban las figuras, y aunque sólo lograron arrancar una sola, con esa bastó para que yo voltee cada vez que paso por aquí para fijarme si la han repuesto ya. Y no, lo que me hace generar una mínima complicidad con ese recuerdo y la contingencia de la ruina, el deseo de destrucción de un orden legitimado que es, más allá del paso del tiempo, el verdadero motivo de la catástrofe. Por más que el monumento sea limpiado, esa pequeña señal prevalecerá como constatación de lo que ya no es.

Para tensar aún más esta reflexión, pienso ahora en los grabados de ruinas romanas de Piranesi y su exacerbación romántica que prefigurara el desarrollo del neoclasicismo como una imitación en el deseo de regularidad, de la corrección de la ruina. Sin embargo, no es justo pensar que su intento tan sólo se encaminó hacia la configuración del racionalismo, pues hay que recordar que sus trabajos influenciaron mucho después a los surrealistas en un sentido contrario: la creación de esa ensoñadora desolación que era lo suyo, el intento de develación de los motivos ocultos, pues la ruina se emparentaba con aquello que habría sobrado de la ejecución del deseo. Era necesario explorar el inconsciente para encontrar una configuración entre imaginaria y real, aquellos palacios de Piranesi que no habían existido jamás, pero que en el éxtasis de la evocación el artista agregaba a las edificaciones reales. Así, la mirada recorre la ruina en el intento de leer lo que ha sido antes, y eso no podrá llegar a ser del todo objetivo. Lo que sí ocurre es que mediante ese recorrido por pasajes, entradas y puentes, una historia se completa desde el conocimiento íntegro de su subjetividad. Piranesi habría sido también un historiador honesto; el que asume que la mirada al pasado llevará a sus objetos de estudio a sentirse atraídos irremediablemente por la fuerza centrípeta del presente. Las ruinas, pues, no nos son tan útiles si las concebimos como restos. Si las imaginamos como partícipes privilegiadas del presente, nos dan pistas de nuestro propio descontrol. Son como los procesadores de información en los que una cierta cantidad de energía del pensamiento reconstruye no lo que fue, sino lo que sigue siendo, y sus cauces en el ahora.

III.- La tercera imagen es algo que ya no está frente a mí, por lo cual parece ser la más siniestra, pues se trata de mero vacío. Es un recuerdo sin evidencia, por ello hecho de expiración sin constatación inmediata. Detrás del monumento a Colón había varios edificios que fueron remodelados en distintas ocasiones. Uno de ellos era el Condominio Versalles realizado por el arquitecto Mario Pani. La reestructuración que yo recuerdo, colocó vidrios reflejantes de un color azul espantoso. Probablemente esto se realizó para hacerle parecer lo que no era: una construcción actual. Alguna vez, en las mismas condiciones de flaunerismo irreflexivo, llegué al lugar, y el espacio tenía una mezcla de melancolía y estupidez. Un destello azulado lo cubría todo con unas ganas de joder que daba gusto. Señalaba lo mismo que hay ahora en el entorno, pero que es más difícil percibir mediante la observación de los objetos que lo conforman; una ruina más o menos organizada del capitalismo farsante. Antes, gracias a ello, el espacio donaba ese descuido, reflejado en una desoladora consecuencia. Desde ahí se podía entender a cabalidad el entorno. Sólo algo así podría pensarse como el verdadero paraíso; uno que se niegue a sí mismo, desierto de desamparo en el que, sin embargo, se puede sobrevivir. Una ruina que no desea serlo, que simula su trascendencia y que a la vez es, para los ojos de los hombres cabales del capitalismo en bruto, todavía pasable. El error puede verse ahí, desde una mirada lúcida que busca los restos del desastre, no ya necesariamente en los escombros, sino en las imperfecciones del sistema que señalan que eso es ya una calamidad retocada. La catástrofe sería entonces el origen de esa posibilidad, entendida como discontinuidad, divergencia, o quizá como histéresis. A grandes rasgos, este último es un concepto usado en termodinámica que implica la no regresión del suceso a su estado inicial, su evolución en términos de cambio irreversible. Un estado de suspensión que le obliga por fin a negarse a sí mismo.
           
Si bien aquella imagen de la construcción ausente frente a mí representaría ese estado irreversible, la desaparición radical de sus restos es lo que más se parece el principio de un estado de cosas que podría terminar por establecerse y que está hecho de olvido por sustitución. Contrapunteo entonces esto con unas fotografías de Chernóbil que viera hace poco, tomadas por un arriesgado aficionado2 que visitó el lugar a pesar de las prohibiciones; crudas, sin idealización alguna salvo la del documento, y por ello contundentes respecto al abandono y a la vez al florecimiento natural de lo siniestro. Sus imágenes simples nos conmueven, pues son una constatación que completa la historia como post scriptum. El vacío ahí, la muerte o la deformidad se registran por la presencia de lo que dejaron. ¿Por qué la mirada busca refugio en esos recovecos visuales, si son lugares en los que uno no podría quedarse? Quizá porque se trata del summum de este excedente que negara la posibilidad de la recuperación de presente en un gasto con rumbo a lo catastrófico. La duda que me incomoda es esta; si es posible reconocerse en espacios como ese y cómo, y qué alcance tienen nuestras máquinas simbólicas de pensamiento construidas en un contexto como tal. La única fortuna es que ahí la evidencia permanece. Y el caso es que si pasa lo contrario, si la evidencia desaparece con velocidad, ¿será posible aún construir significados complejos dentro de estas ruinas negadas de cultura tecnocrática y fuerza postcolonial, que hacen uso de estrategias nuevas para pasar desapercibidas?

Pensar en EPN ahora es inevitable, en la farsa encadenada que implica y en cómo está claro que a pesar de que han conseguido ponerlo donde ahora está, deja ver su ineptitud cada que abre la boca. Si bien parece lo peor que podría habernos pasado, se trata del estado límite en el desastre de una nación, que ya antes era evidente. Los símbolos patrios, la imaginería de nacionalismo ramplón que se sostenía a duras penas era ya una ruina y EPN la representa a la perfección.  Es decir, que su entrada no es lo peor que nos puede pasar. Lo peor sería que fuéramos invisibilizándolo con el paso del tiempo. Que esa ruina delante de nosotros pudiera finalmente no ser percibida, parecer limpieza, efectividad buena onda, espacio confortable. Y eso puede combatirse sencillamente: la creación que visibilice todos los errores posibles, como una especie de filtro que no se concentre en lo que pasa a través de él, sino en lo que no pasa, en lo que se queda sin filtrar. Padacitos, por mínimos que sean, que dejen claro que la catástrofe debe observarse como un espacio que no puede olvidar su propio desastre, que mantiene visible la inquietante ruina que es, que sigue siendo. 


El poder de actuar en la vanguardia de Rosario (1 de 2)

  Paola Rebeca Ambrosio Lázaro


El itinerario[i] de la vanguardia argentina duró casi una década de experimentaciones, enfrentamientos y manifestaciones en el campo del arte. Cerca de finalizar los sesenta, en el año de 1968 con la obra colectiva Tucumán arde, se lograron fusionar ideas, grupos y fuerzas con la participación de artistas de Buenos Aires, Rosario y Santa Fe, y demás gente con la que se llevó a cabo el programa en Argentina. Las tensiones entre política y sociedad a lo largo de dicha década fueron contundentes, es decir, una suerte de causa para la realización de otro arte que durante dos semanas se expuso en Rosario y unos días más en Buenos Aires.

La revisión histórica del proceso, que condujo a esta muestra tucumana, plantea los orígenes del compromiso artístico desde 1965.[ii] Desde esta fecha hasta tres años más se enlistan las acciones de ruptura y propuestas hechas tanto por artistas porteños como rosarinos. El primer encuentro de los dos grupos, dice Andrea Giunta, fue en Córdoba durante el primer Festival Argentino de Formas Contemporáneas, en 1966:

La relación entre los sectores de vanguardia de Rosario y de Buenos Aires provocó la gestación de un espacio de discusión acerca del sentido del arte, en el que los artistas generaron formas de intercambio que fueron acelerando, en su doble registro, estético y [iii]político, la ruptura de 1968.[iv]

Aunque para la autora aquellas discusiones devendrían en un arte más politizado, es necesario revisar aquellas formas de intercambio artístico que conformaron la vanguardia de 1968. Así en una gran cadena de acciones artísticas argentinas (los premios Ver y Estimar o Braque, la exposición Experiencias 68, la conferencia de Romero Brest) tomaré sólo el Ciclo de Arte Experimental propuesto por los rosarinos durante cinco meses. En un campo delimitado pretendo hallar las prácticas estéticas-políticas del momento preciso de fisura por donde los artistas rosarinos comenzaron a exhumar el arte, llevándolo no sólo a una fusión política, sino a una praxis vital.

Me refiero a la transformación y reconducción del arte a la praxis vital y a su valor para los vanguardistas desde el análisis hecho por Peter Bürger:

Cuando los vanguardistas plantean la exigencia de que el arte vuelva a ser práctico, no quieren decir que el contenido de las obras sea socialmente significativo. La exigencia no se refiere al contenido de las obras; va dirigida contra el funcionamiento del arte en la sociedad, que decide tanto sobre el efecto de la obra como sobre su particular contenido.[v]

La práctica y el efecto del arte son puntos fundamentales para entender igualmente el planteamiento de los vanguardistas rosarinos. Ellos exigieron la participación del público, comprometieron la obra cuando requerían de un proceso mental, de una reflexión. Se manifestaron como un “movimiento orgánico consciente de su gravitación cultural”, –al menos así lo aclaraban en el volante que explicaba su postura y objetivos.
León Ferrari escribió en agosto de 1968 lo que se proponía este grupo de vanguardia: “El arte no será ni la belleza ni la novedad, el arte será la eficacia y la perturbación. La obra de arte lograda será aquella que dentro del medio donde se mueve el artista tenga un impacto equivalente en cierto modo a la de un atentado terrorista en un país que se libera.”[vi] Como veremos, en el Ciclo de Arte Experimental se buscó la eficacia de la obra, el poder transformador del arte a partir de diversas acciones.

            El texto que presentó el catálogo del Ciclo[vii] mencionaba a quince participantes, de los cuales sólo once expusieron. Juan Pablo Renzi, Aldo Bortolotti, Carlos Gatti y Osvaldo Mateo no llegaron a exponer, los motivos pudieron venir de la censura y la represión hacia la obra de Graciela Carnevale, hechos que causaron el propio cierre del Ciclo. Sin embargo debemos anotar que, a pesar de la interrupción, el grupo logró una nueva eficacia del arte, al sucumbir las raíces de la vida del participante, al atravesar los límites espaciales (ruptura de los espacios tradicionales donde se mostraban las obras) y mentales.

Es decir, una serie de eventos conocidos dentro del itinerario de 1968 argentino indujeron al quiebre institucional, a la apertura de los espacios, que hicieron posible la unión de las acciones estéticas y políticas. Paralelamente a estos sucesos, el grupo de Rosario inició dicho Ciclo el 27 de mayo, abriendo las posibilidades del campo artístico hacia una práctica más vital.

La primera manifestación, hoy conocida como Las sillas, la presentó Norberto Puzzolo, en la que se revertía el espectáculo. En una galería cerrada dispuso sillas acomodadas, listas para un espectáculo, que sólo los transeúntes, desde el exterior podían admirar. Anunciaba, de cierta manera, el abandono próximo del Lugar –entiéndase como museo, galería, institución– por parte de los artistas y el público; el espacio se extendía, los asientos no invitaban a una pasividad, habría que reinventar sus propias obras, las propias concepciones de arte que pudiera “comunicar las complejidades y especificidades” de la realidad y por qué no de la vida, fuera del espacio preconcebido.

Norberto Puzzolo. Sin título o las sillas. Ciclo de Arte Experimental, Rosario, 1968
 
            Ana Longoni apunta que en Tucumán arde se realizaron acciones similares a las del Ciclo de Arte, como la de Lía Maisonnave cuando fundió espectador-obra y obligó al visitante a pisar la cuadrícula pintada. Lía no buscaba sólo un aspecto lúdico, quiso que su obra produjera efectos en el público: al trazar una cuadrícula blanca y negra “como un tablero de ajedrez”, quizá no cuestionó la postura del jugador que mueve las piezas, semejante al dictador del pueblo, sino buscó desestabilizar el rol de los individuos en un tablero donde ellos podían moverse con libertad, y por si fuera poco podrían, también, realizar su propia cuadrícula en el lugar preferido; es, entonces, un acto de conciencia acerca de los roles y las posibilidades de los humanos dentro del mundo.

            Luego de Puzzolo, expuso Fernández Bonina. A partir de letreros cotidianos experimentó los impedimentos impuestos a los individuos. Fue un eco de las prohibiciones sucedidas durante finales de mayo (Experiencias 68) y junio (Premio Ver y Estimar). Esta manifestación se volvió un reflejo de los múltiples impedimentos del arte en la sociedad, en la vida, con las que el artista buscó una toma de conciencia del individuo mediante la evidencia de los mandatos que a lo largo de su vida ha cumplido al pie de la letra. El artista marcó una doble estrategia a través de órdenes que impiden la realización de las potencialidades humanas. Se introdujo la fuerza para revolucionar la vida, al hacer evidente y consciente las ataduras. Así, cuando aparece la convocatoria para el Premio Braque que impuso una serie de ilógicas intervenciones, los artistas rosarinos se manifestaron con un “Siempre es tiempo de no ser cómplices”. La vanguardia argentina no sólo irrumpió en la conferencia que daba el entonces director del Instituto Di Tella, Romero Brest, sino que durante el “asalto” argumentaron:

Estamos aquí, además, porque la institución que de por sí es Romero Brest, más la institución de la “conferencia” dentro de las paredes de esta “institución”, más Uds. conjugados, representan perfectamente el mecanismo de la burguesía, de absorber, tergiversar y abortar toda obra de creación.[viii]

Así rompían relaciones con el instituto financiador y se convertían en artistas autónomos capaces de encontrar nuevos espacios para sus manifestaciones, espacios donde lo prohibido fuera sólo permitido como una obra de arte liberadora de la conciencia.
 



[i] Ana Longoni llama el itinerario del ’68 a la secuencia entre abril y diciembre, cfr. Ana Longoni, Mariano Maestman, Del Di Tella a Tucumán Arde, Buenos Aires: El cielo por Asalto, 2000, pág. 15 
[ii] Andrea Giunta plantea la decisión de León Ferrari de exponer “La civilización occidental y cristiana” en agosto de 1965 como los indicios de un cambio, cfr. Andrea Giunta, Vanguardia, internacionalismo y política. Arte Argentino en los años sesenta,  Buenos Aires: Paidós, 2001, pág. 349

[iv]Andrea Giunta, op. cit., pág. 359
[v] Peter Bürger, Teoría de la vanguardia, Barcelona: Península, 1997
[vi] Ana Longoni, Mariano Maestman, op. cit., pág. 142
[vii] Ver Ana Longoni, op. cit.

Conviértase en mexicano en 15 minutos (Los museos no son inocentes)


Ainhoa Vásquez Mejías


En la primera, segunda, tercera y cuarta visita al Museo de Antropología, siempre salí con la sensación de estar en presencia de algo grande, monumental: el inicio de las civilizaciones latinoamericanas, el inicio de toda nuestra historia. De alguna forma, creo que esperaba encontrar las respuestas a las interrogantes ancestrales, las dudas a mi propia existencia. Nunca cuestioné de manera crítica ese templo de sabiduría y aprendizaje que enseñaba “tan objetivamente” nuestra historia. Nunca habría dudado de la neutralidad y las buenas intenciones de los curadores que nos regocijaron con un espacio tan descomunal. Como mucho, mi descontento pasaba, más que nada, por el hecho de que nunca alcanzaba a recorrerlo por completo, debido a su carácter inabarcable. Así, cada vez me prometía a mí misma un día ir con el tiempo suficiente para detenerme en detalle en cada sala, leer cada referencia y ver todos los videos que ahí se mostraban.

            Debo admitir que nunca me di el tiempo para hacerlo como lo había planeado. Sin embargo, hubo una mañana en que me detuve a observar con calma detalles que antes se me habían escapado. Si bien, en esta última visita nuevamente reafirmé el carácter inabarcable del museo, ya no sólo lo medí en términos de proporciones y cantidades, sino también descubrí con cierto horror que no me da miedo reconocer, que el museo también era imposible de abarcar (en el sentido de entender) por todas las contradicciones que en él se presentan. Fue entonces que alcancé, al menos, a percibir que existían otros objetivos que se ocultaban bajo esa pretendida objetividad y que a simple vista se diluyen en lo majestuoso.

Creo que fue en ese momento en que entendí que los museos - y éste en particular - no son una construcción cultural inocente. Los museos esconden un intento de dominio, una demostración de una supremacía sobre una cultura otra, diferente, con la que se pretende lograr una distancia. Más adelante leí a Octavio Paz, que reafirmó lo que ya había comenzado a sospechar: lo que se busca al exponer la cultura azteca en la sala principal del Museo Antropológico, es un claro símbolo de opresión sobre ellos, un intento por hacer patente que la cultura occidental fue más fuerte y logró conquistarlos hasta el punto de reducirlos a vitrinas. De la misma manera, lo que se busca es lograr esa diferenciación, dejar en claro que los mexicanos actuales ya no son eso que se encuentra fosilizado en una sala para la exhibición de todos, extranjeros y nacionales; que la civilización logró derrotar a la barbarie.

Al tomar conciencia de esto, empecé a entender también la lógica de otras manifestaciones y no pude pasar por alto el caso del Huáscar en Chile; un barco que perteneció a los peruanos durante la Guerra del Pacífico y hoy funge como sala conmemorativa de aquel período. Al término de la guerra, los chilenos se apoderaron del barco (enorme, imponente), construyendo en su interior, un recordatorio del conflicto. Desde esa época (1879), los peruanos han reclamado se les devuelva, pues consideran una ofensa que éste se haya convertido en museo luego de que tantos hombres murieran en él; sin embargo, el Gobierno chileno se ha rehusado a regresarlo, arguyendo que forma parte de su memoria histórica. Así, por más que quiera disfrazarse de cultura e historia, las pretensiones políticas que lo transformaron en museo, corresponden a la intención de establecer la superioridad que logró Chile sobre Perú, a la vez que busca marcar una clara e inobjetable distancia entre ellos: perdedores y subordinados, y nosotros: vencedores y dominadores.

No hay inocencia en los museos, sino, por el contrario, una fuerte ideología política. Es por ello que resulta tan extraño encontrar una contradicción fundamental en el Museo de Antropología de México: si se pretende conseguir una distancia entre vencedores y vencidos y bárbaros y civilizados que, tal como viera agudamente el Premio Nobel de Literatura, queda demostrada en la exposición de los restos de las culturas prehispánicas y la re-presentación de las culturas indígenas que aún perviven, ¿qué se busca al transmitir un video acerca del mexicano actual?, quizás también se quiera vender la imagen del México contemporáneo según los parámetros de lo exótico. Quien alguna vez se ha detenido por un poco más de tiempo en cada sala del Museo podrá recordar haber escuchado en un segundo piso una música que mezcla lo pop y lo folklórico mientras una familia “tradicional” repite incansablemente palabras del dialecto náhuatl.

Aquí está esa contradicción de la que hablo. Mientras, por una parte, el Museo pretende distanciar a los mexicanos actuales (civilizados y dominadores) del salvajismo de sus culturas prehispánicas y de los indígenas que aún viven en la periferia al circunscribirlos a vitrinas; por otra, se reviste al mexicano actual de un aura exótica al exhibir un video en el cual se re-presentan (mediante sketch de bajo presupuesto) las palabras provenientes de dialectos indígenas y que aún hoy utilizan los mexicanos a menudo. Como si esto fuera poco, al término de la exposición de dichas palabras, comienza a escucharse de fondo una cancioncita ridícula que pretende que el espectador atento pueda ensayar la lección aprendida y transformarse así, en pocos minutos, en un claro ejemplo de sujeto exótico mexicano.

Esta auto-exotización refleja una profunda contradicción en el Museo Antropológico y una indecisión respecto a las políticas utilizadas para las exhibiciones. ¿El mexicano actual es o no un sujeto exótico digno de exponer en vitrinas o videos? ¿El mexicano actual niega o afirma su tradición indígena? Realmente no tengo idea de si la mejor manera de entender al mexicano y su cultura en el exterior sea desde la civilización o desde el dominio de lo prehispánico o a través de la explotación de la memoria y su tradición, pero tengo la sospecha de que al incluir a los mexicanos actuales como parte de la curatoría se están, de alguna forma, autoincluyendo como piezas de museo.

Millones de preguntas me surgieron ese día y han seguido rondándome de forma constante cada vez que he pisado el Museo de Antropología y otros museos de América Latina en que se repiten este tipo de representaciones nacionales. Si bien, la pregunta por la “esencia” del mexicano o el latinoamericano parece haber quedado saldada hace muchos años, tras una evidente respuesta negativa, pareciera que la política de éste, como otros museos, es justamente escindir aquello civilizado de lo bárbaro (que supuestamente compone a México) para venderse desde ambos puntos por igual al extranjero deseoso de ver encarnada la otredad y esa “esencia” exótica que recorre todas las etapas históricas. A mí como foránea latinoamericana, al menos, no me está pareciendo inocente.