miércoles, 14 de septiembre de 2011

La disolución de México en la violencia: hacia una explicación estructural



Daniel Nudelman Speckman

El pasado 25 de agosto, un grupo de sicarios prendió fuego al Casino Royale en Monterrey, con un saldo de cincuenta y dos personas muertas. El atentado, de forma prematura, oportunista y torpe, calificado de “terrorismo” por Calderón, parece haberse tratado más bien del cumplimiento de una amenaza de los zetas a los administradores, que no pagaron la extorsión de 130 mil pesos semanales. Sin profundizar en el caso, para lo cual el autor de estas líneas carece de elementos, lo único que cabe destacar es que esta desgracia constituye sólo el más reciente episodio de un proceso de disolución del país en la violencia que, al margen de las causas detrás de acontecimientos puntuales, sólo puede explicarse de forma estructural.
Cartel: Santiago Robles Bonfil

Está plenamente justificado señalar al presidente Felipe Calderón y sus incompetentes colaboradores, con su mal concebida estrategia de “guerra contra el narcotráfico”, como los principales responsables de la dramática situación que estamos viviendo. Y esto es doblemente cierto porque la estrategia está mal concebida sólo si partimos de la premisa de que su verdadero objetivo es combatir el crimen organizado. Cabe también la hipótesis de que la actual situación de terror ha sido deliberadamente provocada por la administración panista, con la intención de aglutinar en torno suyo al pueblo contra un enemigo común, generar miedo, confusión, desmovilización, impedir que la gente se reúna y se organice, distraer su atención de otros problemas, etcétera. Llama la atención que, a pesar de que el narcotráfico no había sido un tema relevante en las campañas electorales de 2006, a sólo dos semanas de tomar posesión del cargo, en medio de grandes movilizaciones sociales que denunciaban las elecciones como fraudulentas y a Calderón como un presidente espurio, éste sacara el ejército a las calles. Esta hipótesis será analizada con mayor profundidad en una próxima entrega. 

Sin embargo, es preciso reconocer que las condiciones necesarias para la actual violencia comenzaron a gestarse mucho antes, con la adopción en México del modelo económico neoliberal en la década de los ochenta.

Fachada del Casino Royale. Monterrey, México


Este proyecto, sustentado por el sector empresarial y la ascendente tecnocracia, aunque para entonces ya se aplicaba en muchos países de América Latina, tuvo su origen en los países centrales como expresión de los intereses del gran capital financiero y monopólico transnacional.

El neoliberalismo hacía una fuerte crítica al “Estado benefactor”, al que consideraba una traba para el desarrollo debido al “gigantismo del aparato estatal” que, al atender las demandas económicas de grupos sociales mayoritarios, concentraba recursos que, desde la óptica empresarial, de haber permanecido en manos privadas, se podrían haber invertido. Igualmente, se consideraba “excesivo” el poder de los sindicatos, que al “monopolizar” el trabajo “distorsionaban” su valor en el mercado (obviamente, a la alza), provocando además demanda e inflación. Por último, se criticaba que las políticas nacionalistas de los países subdesarrollados obstruían la libre circulación internacional de mercancías, obturando un posible desarrollo por la vía de la especialización regional.  

Se planteaba entonces la necesidad de un “ajuste estructural” tendiente al restablecimiento de los mecanismos automáticos de regulación del sistema económico: el libre juego de las fuerzas del mercado, en el que se concibiera a la clase obrera como un factor de la producción más, impulsando la reducción de los salarios. Esto naturalmente condujo al desempleo y al descenso del nivel de vida de las masas, que lejos de constituir un “desajuste temporal” —que se viera después compensado por nuevas inversiones, más producción y más empleo, como prometieron los defensores del neoliberalismo— veinticinco años después ha demostrado ser consustancial al modelo. Uno de los sectores sociales más perjudicados es la juventud, en la que se ha expandido el fenómeno nini (ni estudia, ni trabaja). Una población golpeada por el desempleo y la necesidad económica es un caldo de cultivo para la delincuencia.

También se redujo al mínimo la participación del Estado en la economía, así como su función reguladora, que descansa ahora únicamente en los instrumentos de la política monetaria (tasa de interés, control del circulante) más que en la política fiscal (gasto público, impuestos). Con este mismo objetivo, se recortó todo gasto público “improductivo” (servicios, bienestar y seguridad social) y se han privatizado progresivamente todas las empresas paraestatales. La venta de estas empresas, a precio de regalo, ha constituido objetivamente una forma corrupta de transferencia directa de la riqueza pública a manos privadas.

Si bien en México la concepción del servicio público como una plataforma para el enriquecimiento personal y la percepción del Estado como un botín gozan de una larga tradición —que se puede rastrear hasta la Colonia—, el  neoliberalismo ha llevado este fenómeno a extremos inéditos. Es inconcebible que la delincuencia haya alcanzado tanto poder y omnipresencia sin la complicidad de funcionarios a todos los niveles. La corrupción también ha alcanzado a las corporaciones policíacas y militares. Numerosos ex policías y soldados —algunos con formación de élite, incluso entrenados en Estados Unidos— forman las filas del narcotráfico.



 



En materia agrícola se favorecieron cambios en la estructura de la tenencia de la tierra, consolidando la propiedad privada, y se reorientó la producción a cultivos de exportación y materias primas industriales, utilizando el fomento agrícola exclusivamente con estos fines (abandonando a los pequeños productores y al ejido). Con la consigna de aprovechar el potencial productivo de granos y cereales de Estados Unidos para cubrir los faltantes del consumo local, en el marco del TLCAN se eliminaron todas las barreras arancelarias a estos productos, arruinando con la competencia de los subsidiados granjeros estadounidenses a los agricultores mexicanos. Es poco sorprendente que estos campesinos en quiebra, abandonados, desorganizados y vulnerables, terminen produciendo, por propia voluntad o sujetos a la extorsión, para los cárteles de la droga, a pesar de los inmensos riesgos que esto comporta. 

El neoliberalismo también ha promovido la liberalización del mercado, incluyendo la eliminación de todas las restricciones al intercambio con el exterior, y la construcción consciente de un sistema de mutua complementación entre México y Estados Unidos. Paradójicamente, algunos de los pocos productores nacionales que han sabido aprovechar la “ventaja comparativa” que supone la vecindad con el mercado más grande del mundo para incrementar sus ganancias, invertir y crear “nuevos empleos” (de traficante, sicario, secuestrador), han sido los cárteles. 

Todo esto ha favorecido una superconcentración del ingreso que, en lugar de invertirse en la ampliación de la planta productiva, se desvía a la especulación financiera o de bienes raíces y la importación masiva de bienes. Hoy como nunca, el mercado pone en oferta una asombrosa diversidad de productos. En los escaparates de las tiendas y en los medios de comunicación masiva se ofrece una vida maravillosa de camionetas, ropa importada, computadoras, teléfonos celulares, ipods, viajes, etcétera. Muchos de estos productos tienen en la juventud, el sector más golpeado por la falta de esperanzas, a su principal mercado objetivo. Al mismo tiempo, este lujoso estilo de vida nunca había estado tan lejos de las posibilidades adquisitivas de la mayoría de los mexicanos. El mercado crea expectativas que no puede satisfacer. En un escenario de desempleo, subempleo, masificación de los ninis, depresión económica, borramiento del Estado, corrupción de las instituciones y ruina del campo, la persecución de estos satisfactores materiales no reconoce límite alguno, legal ni moral, ni siquiera la vida humana. Por eso vemos formas de criminalidad cada vez más extendidas y brutales. 

Se trata, pues, de un modelo carente de proyecto de desarrollo nacional que sólo profundiza el atraso y la dependencia económica de nuestro país. Las víctimas de este modelo han sido numerosas; sus beneficiarios, muy pocos (se calcula que 1% del empresariado nacional y, naturalmente, los políticos complicados con ellos). En cambio, los réditos que obtiene esta pequeña élite son gigantescos. 

En 2006 ya eran claras las devastadoras consecuencias de más de dos décadas de neoliberalismo. Ese año, amplios sectores de la sociedad se movilizaron para promover un proyecto alternativo de nación. Para detener esa posibilidad, los beneficiarios del actual modelo se impusieron mediante un fraude electoral. Numerosas voces se alzaron para advertir que, si se cancelaba la posibilidad de un cambio pacífico por vía democrática, un estallido social de grandes proporciones se produciría pronto. El estallido ya se produjo, pero no en la forma esperada. 

Un gobierno que perdió la legitimidad en las urnas está tratando de recobrarla en una publicitada “guerra contra el narcotráfico”. Semejante estrategia, si el objetivo es derrotar al crimen organizado, está condenada al fracaso, porque la delincuencia se compone de dos elementos inseparables: el núcleo armado y la circunstancia socioeconómica que le dio origen. Una estrategia exclusivamente militar y policial nunca resolverá el problema y, por el contrario, ha alimentado  una irrefrenable espiral de violencia que lacera un tejido social ya muy descompuesto. El vacío provocado por la ausencia de un proyecto serio y viable de desarrollo económico y social ha sido colmado por el crimen organizado que, con inagotables recursos y armamento, desafía la autoridad del Estado. Hoy, ese Estado, carente de legitimidad, es incapaz de cumplir con su función más elemental: la de detentar el monopolio de la violencia en su territorio y garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Esto, como ya ha ocurrido en nuestro pasado, ha abierto la puerta a la intervención extranjera. Con la aquiescencia del gobierno federal, agentes de cuerpos policiales estadounidenses operan en nuestro país. 

No puede exagerarse la gravedad de la situación imperante. México se ha convertido en un país en el que, en muchas ciudades, ya no se puede salir de noche, recorrer ciertos barrios, trasladarse al trabajo, circular por las carreteras, en fin, vivir en paz. El país se cae a pedazos. Aunque el paralelismo pueda ser exagerado, el actual escenario de ingobernabilidad, fragmentación, inseguridad y vulnerabilidad frente a poderes extranjeros recuerda momentos difíciles de nuestra historia patria, como los que siguieron a la invasión estadounidense de 1847, la Guerra de Reforma, la intervención francesa o la Revolución mexicana, cuando en un contexto de postración económica provocada por los conflictos bélicos, antisociales de todo tipo (y, especialmente, los soldados desmovilizados de los ejércitos de todos los bandos, que no conocían ya otra profesión que la violencia), vagaban por el país robando, secuestrando y asesinando. Hacer frente a esos problemas naturalmente exigió tomar medidas decididas de fuerza contra los criminales, pero su superación definitiva sólo fue posible gracias a que los gobiernos de la Reforma, la República Restaurada y la posrevolución llevaron adelante proyectos transformadores en lo político, económico y social. Así, para salir de este abismo, en 2012 debemos deshacernos no sólo de Felipe Calderón y del PAN , sino del modelo económico neoliberal.
 





jueves, 1 de septiembre de 2011

Nota al pie

Queremos comunicarles con mucho gusto que le estamos dando la bienvenida a nuestra nueva editora: Abril Castillo, que a partir de esta tanda de textos comenzó a colaborar con nosotros y en lo subsecuente generará una mancuerna de poder junto con Gabriela Astorga. Así como el agradecimiento a Karina Ruiz Ojeda por la ayuda que nos brindó con la edición para esta tanda de textos.

Para los amigos que se encuentren en la ciudad de Oaxaca queremos extenderles la invitación a la presentación de Malpaís Ediciones y su primera publicación: Obra Primera (1958 - 1986) de Max Rojas. La cita es en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) - Macedonio Alcalá 507- el sábado 3 de septiembre a las 19:30 h. Ahí nos vemos!


A fuego

YO NO VEO EN OAXACA A LOS DEFENSORES DE LA AUTONOMÍA CONSTRUYÉNDOLA
Conversación con FLAVIO SOSA


Por Santiago Robles Bonfil
               en colaboración con Karina Ruiz Ojeda



[…] El voto sí es importante pero no es suficiente. El voto sí sirve. Si no votamos, Peña Nieto va a ser el presidente de la República. El idiota, el idiota bonito, presidente de la República; el Juanito bello, presidente de la República. Una construcción mediática, una caricatura de Berlusconi, presidente de la República. Eso es lo que vamos a tener si no votamos. Peor tantito si en los próximos meses la gente se convence que lo que necesitamos es un presidente fuerte y la guerra. Peor tantito si nos logran convencer que la guerra es la opción… Que necesitamos un presidente fuerte porque al crimen organizado hay que aplastarlo, porque a los criminales hay que derrotarlos, y que son los que están sembrando el terror, son terroristas, y luego entonces la guerra es la salida de este país, y Calderón es un gran valiente. Peor tantito; peor tantito. […]

Flavio Sosa (San Bartolo Coyotepec, Oaxaca, 1964) es fundador del Partido de la Revolución Democrática. Fue su presidente estatal en Oaxaca, para posteriormente renunciar a él y sumarse a la candidatura presidencial de Vicente Fox Quesada en 2000. En los años subsecuentes, se integraría a otros movimientos sociales y partidos, sin embargo, será más recordado probablemente por su participación como vocero de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) dentro del conflicto social de 2006. Dentro de este episodio, donde se suscitó una alta represión por parte de las autoridades, pues se exigía la dimisión del gobernador Ulises Ruiz, Sosa se convirtió en uno de sus miembros más visibles de entre los casi 300 consejeros de la dirección provisional. En ese mismo contexto fue detenido el 4 de diciembre de 2006, acusado de doce delitos en seis causas penales. Fue encarcelado durante un año y medio, en un inicio en el penal de máxima seguridad de Almoloya de Juárez, para finalmente ser declarado inocente, puesto en libertad y convertirse en diputado plurinominal de su estado por parte del Partido del Trabajo. De esto y otras cosas más platicó Flavio Sosa a un grupo de estudiantes de artes visuales en el Centro Cultural La Curtiduría de Oaxaca el viernes 26 de agosto de 2011. Aquí reproducimos un fragmento de dicha conversación.



El voto como herramienta de transformación social
Yo fui parte de un grupo que se formó en 2000, conocido como Nueva Izquierda de Oaxaca, porque dejé el PRD y nos fuimos a apoyar a Fox. Como lo comenté en un principio, nosotros nunca nos fuimos al PAN, ni con los Amigos de Fox; entonces, para diferenciarnos, creamos ese grupo. En 2006, cuando se vino el movimiento, así nos llamábamos todavía.

La APPO no se cocinó aparte del proceso electoral. En el sur del país, en Chiapas y en Tabasco perdió el PRI, y no hubo APPO. Había una ola que estaba empujando a una transformación que también influyó en 2006. Obviamente en Oaxaca se desbordó la inconformidad social, por eso considero que el voto es una de las herramientas.


 Yo estoy convencido, y lo demuestra la realidad de América Latina: los pequeños procesos de cambio que están viviendo en Bolivia, Ecuador o Venezuela, por mencionar algunos países donde están cambiando ciertas cosas, han sido a través del voto y la movilización popular. Yo me identifiqué, en una primera etapa, con el movimiento de Evo Morales, pero hoy el propio Evo está cometiendo errores.

Con la izquierda brasileña, que no es lo mismo que la izquierda venezolana o la izquierda boliviana, hay una evolución en el país, en la economía, en el estatus, sin embargo no resulta suficiente. Ahí están los Sin Tierra cuestionando al gobierno de Lula, primero, y ahora al gobierno de Dilma Rousseff, un gobierno que apoyaron. Porque a los Sin Tierra les queda claro: “Sí, los llevamos a la presidencia, pero no es suficiente; vamos por la reforma agraria, y vamos a construir comunidad”. Porque los Sin Tierra sí hacen escuela de formación política. Yo no veo a ningún movimiento social, aparte de zapatismo, haciendo escuela política en México, ninguno. Los Sin Tierra están haciendo escuela política, hacen un seminario latinoamericano para formar cuadros, llevan a teóricos a discutir con la gente y a formar cuadros de otros partidos y otros movimientos solidarios a su causa; tenemos que aprender de esos movimientos.



El cambio en México debe ser: movimiento social, elecciones, propuesta política, cuestionamiento a la realidad, educación. ¿Qué está haciendo el magisterio en Oaxaca por la educación y la transformación? Muy poco, compañeras y compañeros. Yo me atreví a proponer que los maestros vayan más allá de la movilización popular, y resultó que soy un traidor al movimiento, ¡cómo me atrevo a cuestionar al movimiento magisterial! Como si no lo pudiéramos cuestionar, como si fuera sagrado. Nos tenemos que cuestionar unos a otros, y no descalificarnos, procurar usar menos el adjetivo y más la propuesta, la observación y la crítica.

Andrés Manuel viene de la misma clase política, pero tiene un programa alternativo que está mostrando a la gente. Hay algunos analistas internacionales que están observando con cierto interés la propuesta de Andrés Manuel, porque está en las calles, está cuestionando a las burocracias de los partidos, y está generando su propia organización, y ahí está sin parar. Hay a quienes no les satisface la vía electoral, yo me atrevo a decirles: ok, vayamos a organizar.

Reunión con Andrés Manuel, Zócalo, Ciudad de México

A quienes dicen “las elecciones no sirven”, les digo: órale, vamos a trabajar con las comunidades, vamos a generar reflexión, vamos a generar propuesta política. ¿Nos convence la construcción de autonomía? Pues vamos a construir autonomía, yo no veo en Oaxaca a los defensores de la autonomía construyéndola, con todo respeto. ¿Dónde están las autonomías en Oaxaca? Yo veo a las autonomías construyéndose en Chiapas, pero no las veo en Oaxaca. Sí sirven, efectivamente. Sí hay procesos de formación de autonomía. En España, y voy a hablar sin tener muchos elementos teóricos y de análisis, hay procesos autonómicos que no han logrado su plenitud. Pero hay procesos evolucionando, cuestionando un Estado nacional y una relación con el estado-nación.

El movimiento social, a partir de 2006, se cayó, y muchos fueron cooptados. Mientras el traidor estaba en la cárcel, ¿cuántos millones se gastó el gobierno de Ulises en 2007 y 2008 en controlar muchas organizaciones políticas y sociales que eran parte de la APPO? Muchos.


Elecciones sí, pero la sociedad se tiene que organizar
Para una auténtica transformación, desde mi punto de vista, hay que votar, sí, pero hay que hacer organización en la colonia, en el espacio local. Hay que votar, sí, pero en la región Cañada hay que desarrollar la economía local y hay que hacer organización para la venta, hay que exigir más allá.

La preocupación de todos los gobiernos en este momento es la gobernabilidad. ¿Cómo tenemos control, cómo no tenemos marchas? A ver, espérense, en Oaxaca ya hubo cambio ¿Pa’que marchan, hombre? Ya, no chinguen, ya marcharon hasta que se cansaron en 2006, ya no pinten las paredes, hay que darle otra imagen de Oaxaca al mundo, en Oaxaca todo está en paz. Yo creo que más bien el gobierno debería recibir todas las críticas. El gobierno naturalmente va a tender al control. La sociedad no debería votar exclusivamente y dejarle la responsabilidad a los políticos, debe construir organización. Suena un poco difícil de realizar, pero yo creo que es una forma nueva de luchar por la transformación.



Lo que veníamos planteando en los años anteriores, antes de la caída del Muro de Berlín, era construir el gran partido de la clase obrera para llegar al poder, alguien decía “la dictadura del proletariado” y desde el poder cambiar las cosas. Luego se fueron abriendo otras posibilidades, otros experimentos. Vamos construyendo reformas, vamos abriendo la democracia como una herramienta que nos permita generar pequeños cambios.

Pero la desigualdad social mundial, el sistema neoliberal, nos demuestra que no es suficiente, porque Brasil ahí está, como un país “económicamente fuerte”, o un gobierno respetado en el Concierto Mundial de las Naciones, con un presidente que es líder a nivel internacional, de opinión pública, pero con unos índices de pobreza y desigualdad social terribles. ¿Qué sigue en Brasil? Tomándolo como un ejemplo de que la izquierda llegó al gobierno, sigue la transformación desde abajo, sigue la organización popular para construir economías alternativas, para resistir al neoliberalismo, sigue usar la comunidad.

¿Por qué somos pueblos indios en Oaxaca, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos? ¿Por qué somos todavía pueblos de usos y costumbres? Porque tenemos tequio, tenemos comunidad y asambleas, si no seríamos Nezahualcóyotl, una gran colonia popular. Tenemos raíces y sobre ellas tenemos que construir cosas alternativas. Yo veo la posibilidad de teorizar, porque antes hubo todo un debate planteado a partir del manifiesto del partido comunista, y se generó toda una teoría política y económica; hoy no la hay. A raíz de la caída del Muro de Berlín, nos quedamos en la orfandad teórica.


Tenemos que construir nuestros propios paradigmas. El gran reto es construirlos desde nuestra realidad, y una realidad tan multicultural como Oaxaca resulta compleja. Ya hay algunas reflexiones en la tierra mixe acerca de la comunalidad, pero son insuficientes. Yo creo que estamos por construir y hay algunos principios, algunos filósofos o teóricos empiezan a esbozar por dónde puede estar el rumbo.

Un pensador que me gusta mucho es Octavio Paz, quien en un documento que se llama Nuevas respuestas a viejas preguntas plantea que los jóvenes tienen que construir una nueva filosofía política y económica en torno a dos grandes movimientos históricos: el liberalismo y el socialismo. Yo creo que por ahí podemos bordar algo, y debemos tomar en cuenta la raíz que tenemos en Oaxaca y las experiencias de América Latina, porque desafortunadamente las guerrillas han degenerado en burocracias. Ya hemos tenido experiencias de guerrillas que llegan al poder y se convierten en verdaderos ejemplos de corrupción; el caso de Nicaragua es emblemático.


miércoles, 31 de agosto de 2011

El planeta de los simios (Re-Evolución)



Juan Pablo Cortés


La película original se estrenó en 1968, pero no puedo precisar la fecha en que la pasaron en la tele, en una de esas increíbles sesiones domingueras de cine permanencia voluntaria, a finales de los setenta o principios de los ochenta. Yo tendría 7 u 8 años...  Lo que sí recuerdo con precisión es que la vi envuelto en las sábanas de la cama de mis padres, y que al acabar la película no quise regresar a dormir a la mía, y creo que por una razón muy justa: El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Shaffner, posee el final más desarmante de toda la historia del cine, y no es un simple juicio de gusto. ¿Qué otra imagen podría enunciar el fin de una civilización con tanto horror apocalíptico como la de la versión original? Y no digo más…  Pero por eso el inútil remake de 2001, con su torpe final, se cuenta entre lo más olvidable de la filmografía del gran Tim Burton.

Shaffner 

Burton

Sin embargo, en este 2011, viene una relectura que se desmarca olímpicamente de secuelas y remakes y que, acorde con los tiempos, parece hablar más de nosotros y nuestra incapacidad para alimentar nuevas inteligencias, que de la amenaza de otras especies por sobrepasarnos.

La historia de El planeta de los simios, Revolución (Rise of the Planet of the Apes, 2011) de Rupert Wyatt, actualmente en cartelera, nos relata los experimentos que hace un joven científico en busca de una cura contra el Alzheimer, para lo cual se vale de la cercanía genética del humano con los chimpancés. Tras aparentes fracasos, pierde el apoyo del corporativo farmacéutico y se ve obligado a continuar sus experimentos en casa y sobre su padre, que padece el mal.  Al mismo tiempo, se hace cargo de una cría de chimpancé genéticamente modificado, al que bautizará como César y que desarrollará una inteligencia superior acompañada de un gran problema de identidad: no sabe cómo encajar en un mundo de humanos en tanto pertenece a una especie que vive en zoológicos y es amenazada en los bosques.



Tras sufrir el abandono, la prisión y la tortura, César entenderá que tiene que tomar las riendas de su destino y reclamar simplemente un hogar, aunque el camino para ello sea la violencia y la destrucción. ¿Por qué suena todo esto tan contemporáneo?

Ver a las hordas de primates tomar las calles y lugares públicos recuerda a lo acontecido hace unas semanas en Inglaterra. Y no quiero hacer comparaciones fáciles ni estoy buscando el chiste obvio… Sólo digo que en un momento tan cambiante como el que vivimos, en el que por todas partes surgen actos de protesta sin líderes claros, sin ideologías precisas ni tendencias (izquierda, derecha, socialismo, capitalismo, debates reservados al tercer mundo siempre rezagado), veo a muchos Césares reclamando una oportunidad de desarrollo personal, en principio sin violencia, utilizando el mensaje de “manifestémonos, concentrémonos” como virus a través de Internet, logrando derrocamientos (Egipto), encarcelamiento de banqueros (Islandia), cuestionamiento del sistema económico (España) o simplemente el caos como respuesta a un acto de racismo (Inglaterra). Pero toda esta efervescencia de indignación mundial tan emocional, por parte de una generación decepcionada que en principio busca reconocimiento y oportunidades, puede acabar fincando exclusiones al otro, al diferente, al emigrado, por sólo saber reclamar y no tener soluciones que plantear a los gobiernos; mientras tanto los gobiernos simplemente pueden curarse en salud responsabilizando a las minorías culturales y étnicas. La historia del fascismo se vuelve a repetir. Los simios saben ponerse de acuerdo; nosotros todavía no.



En una brillante secuencia de inteligencia política, César se alía con un gorila (la fuerza) y un mandril (la experiencia) para deponer al macho alfa y, contra lo que se esperaría, dan a los espectadores una sorprendente lección que, hoy por hoy, algunos gobernantes (o prospectos de gobernantes) no sabrían tomar.

El final de El planeta de los simios, Revolución promete una secuela, con todo y colección de figuras animadas. Y en cuanto a nosotros como especie, pues ya veremos cómo nos va… Las imágenes que hablan de nuestra debacle como civilización van a la par de aquel imborrable final con Charlton Heston en la playa, sólo que ahora ya no puedo esconderme bajo las sábanas de mis padres. 

martes, 30 de agosto de 2011

Los pichiciegos. Nota sobre la soledad de los roedores


Santiago Ruiz Velasco

Encontré por casualidad Los pichiciegos de Fogwill, mientras recorría los estantes de una librería buscando otra cosa —quién sabe qué—. Lo vi, lomo rojo, y me gustó el título. Y de Fogwill (así firma, sin nombre de pila) había escuchado tanto y tan poco (que lo mencionan en una entrevista acá, que frecuentaba el café de allá, que se aparecía en la redacción de tal revista, que si el maestro, que si Piglia y César Aira; puro hablar de él y nada de su obra), que decidí leerlo. También me llevé un libro de gastronomía.

 Fogwill 

Islas Malvinas, 1982: en medio de una de las guerras más absurdas de los últimos tiempos —una dictadura militar necesitada de patriotismo y un imperio naval en las últimas que se pelearon por unas islas de ovejeros en el sur más remoto cuyas aguas territoriales valen más que las islas mismas—, un grupo de soldados deserta del bando argentino, y hacen una cueva en la que esconderse mientras pasa la guerra (el pichiciego al parecer es una especie de topo que vive en la región de Santiago del Estero). Su única preocupación es sobrevivir. Y para eso, comerciar, cambiar carbón por relojes de muertos, raciones de comida por inteligencia militar.

En cierto momento la lectura me recordó a Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, pero sin su tono alegórico, didáctico (no es una fábula, no hay moraleja). Más bien se emparentaría con los relatos y las reflexiones de Primo Levi sobre Auschwitz, en tanto que retrata a los hombres reducidos a pura vida, a la más banal de las supervivencias, con una diferencia importante: Levi escribía el pasado, desde el recuerdo; Fogwill, el futuro, escribía antes del fin de la guerra. Esto, antes que demeritar la novela como documento histórico (no tiene intención de reportaje), la potencia como documento de la imaginación del momento (¿qué fantasías se tenían sobre la guerra?), en el que se puede ver, por ejemplo, la infinita superioridad de los británicos o lo inhumano de los mandos argentinos, pero no es el punto ni de la novela ni de estas líneas.


El punto son los pichiciegos, quiénes son y qué hacen. Son nadie, soldados desertores cuyo nombre en muchos casos no se dice y su número es misterioso —entre 5 y 50, a ojo—, hacinados en una cueva: durante el día para no ser vistos y durante la noche por el frío; esperan el fin de la guerra con la esperanza de que llegue antes que el invierno. Lo único que queda claro de su identidad es que son marginales, carne de cañón, excluidos —ellos mismos, también, se excluyen—, tan excluidos que, como se dijo, lo único que importa es la supervivencia. Dónde y cómo cagar se vuelve un asunto vital, por las infecciones, tal es la ausencia de sociedad a su alrededor. Y su día a día es aburridísimo (éste es, a mi ver, el gran acierto de Fogwill). Quedan tan desprovistos de emoción, que pasan el tiempo hablando de cosas que no tienen ninguna consecuencia: de futbol, de Perón, de un tesoro oculto, de la circuncisión o de la caza del pichiciego, que a veces se agarra tan fuerte a su agujero que no se le puede sacar por la fuerza:

—¿Y sabés… ? —preguntaba a la oscuridad, a nadie, a todos—. ¿Sabés cómo se hace para sacarlo?
—Con una pala, cavás y lo sacás… —era la voz del Ingeniero.
—¡No! ¡Más fácil!: le agarrás la cola como si fuera una manija con los dedos, y le metés el dedo gordo en el culo. Entonces el animal se ablanda, encoge la uña, y lo sacás así de fácil.


Chile estaba vivo

 
Ainhoa Vásquez Mejías


Que Chile es uno de los países que más costo tiene en relación con la educación es algo de lo que, al parecer, recién nos venimos enterando. Tenían que pasar 17 años de dictadura y vivir 20 años de “Concertación” —una izquierda derechizada que operó bajo el mismo sistema del gobierno militar— en la espera de que apareciera en escena un grupo de estudiantes despertando a toda una nación.

Y Chile ha despertado luego de varios años de inmovilidad y ataraxia. El clima está extraño, tenso. El tema recurrente de cualquier reunión social recae siempre en las manifestaciones estudiantiles. Algunos adhieren, otros reclaman. La politización y polarización se hace a ratos insostenible. Quienes siempre habían sido mis amigos hoy son mis enemigos. No quieren verme ni hablarme porque voy a las marchas, porque soy de esos “inútiles subversivos” que no los dejan caminar con tranquilidad por el centro de Santiago, porque contribuyo a que ellos no puedan hacer su vida normal y además no me callo ante sus quejas. Parece que antes de entablar cualquier conversación con un desconocido, ronda por su cabeza la pregunta de si estoy a favor o en contra de las tomas de escolares y universitarios. 


También he recuperado a varios que había perdido en el camino. Muchos amigos a los que dejé de ver hace años los he reencontrado caminando conmigo en las marchas y cantando juntos las consignas: “Y va a caer y va a caer la educación de Pinochet”, “Vamos compañeros hay que ponerle un poco más de empeño, salimos a la calle nuevamente, la educación chilena no se vende, se defiende”. Y así como algunos me miran con desconfianza y me dan la espalda, otros me demuestran su solidaridad y complicidad aunque nunca antes nos hayamos visto. 

Es 4 de agosto y está anocheciendo. Luego de un día de protestas y represión, camino por el centro de Santiago entre humo y gente corriendo para refugiarse en sus casas. Desde el cielo veo un helicóptero que lanza con una metralleta un pequeño dispositivo. Alguien me toma la mano y corremos juntos a perdernos entre la multitud que también arranca. Nos ahogamos. Las bombas lacrimógenas no nos dejan respirar con normalidad. Me advirtieron incansablemente que no saliera a la calle, que era peligroso. Yo sólo quería manifestarme pacíficamente, recorrer la Alameda sin temores, pero no es posible. Con los ojos llorosos y la garganta cerrada por las bombas intento regresar a mi departamento. 


Llego y en la esquina me encuentro con un desconocido tímido tocando su cacerola. Subo rápido a buscar la mía y bajo a acompañarlo. Tocamos las ollas con cucharas de palo, sin mirarnos de frente pero al lado, sonriendo. Es verdad que no dejo de sentir miedo, miedo al ridículo, miedo a ser los únicos dos, miedo a que me tachen de pasada de moda. Pero sin siquiera darme cuenta varios empiezan a unirse a nosotros. Hombres y mujeres de edad, algunos jóvenes, madres llegan con sus hijos haciendo sonar sus cacerolas a distintos ritmos e intensidades. Los niños ríen, no entienden, para ellos es un juego. Para mí, una forma de protesta pacífica, de demostrar el descontento que tanto tiempo había guardado. 

Es entonces que nuevamente sobreviene el temor. A nuestro lado pasan carros lanza-aguas –los temidos “guanacos”– y patrullas policiales. En el cielo sobrevuela constantemente un helicóptero. Yo casi no recuerdo los tiempos de dictadura porque apenas tenía conciencia, sin embargo, hay un miedo latente que no sé cómo explicar. El ruido de los helicópteros me espanta, recuerdo los relatos de mis papás, que cuando eran pequeños se escondían debajo de la cama y los escuchaban; que mis abuelos me contaban que era una forma de vigilar que nadie anduviera en la calle después del toque de queda, que tenían la orden de matar a cualquiera. Recuerdos que se vuelven sensaciones y se actualizan. A pesar de ello, prima un compañerismo único y auténtico, y me siento protegida por esos desconocidos con quienes caceroleo al unísono.


Así han seguido las marchas y los cacerolazos desde ese día hasta ahora. Los desconocidos de entonces ya son compañeros. Y mientras los noticieros destacan los disturbios, los destrozos causados en propiedad pública y privada, las barricadas por todas partes, la pérdida de materiales invaluables en Santiago, por las redes sociales, en cambio, me entero de carabineros encapuchados tirando piedras y que han sido descubiertos por los mismos manifestantes; de torturas contra civiles a quienes ingresan en las patrullas policiales para golpearlos intentando no dejar registro; de desalojo de liceos donde niñas entre ocho y catorce años son obligadas por carabineros a desnudarse delante de otros presidiarios. Maneras desesperadas del gobierno de perpetuar a la fuerza un poder con el que ya no cuentan.

Pero la resistencia es más poderosa. Chile por fin ha despertado del letargo de tantos años. Gracias a estos jóvenes, incluso niños, estamos aprendiendo a luchar por lo que es justo, a alzar la voz y demostrar el descontento. Si ellos dan la pelea con tantas garras, todos nos volvemos valientes. Y no es intransigencia de parte del movimiento –como lo ha querido ver el gobierno de Sebastián Piñera y sus secuaces derechistas–, no se trata de exigir educación gratuita más que de exigir educación de calidad y accesible para todos. Si ellos, estudiantes de todo Chile, están dispuestos a perder un semestre o un año en el calendario académico, también nosotros, profesores y trabajadores en general, debemos estar dispuestos a recuperar lo que nos quitó el gobierno de Pinochet y llegar hasta las últimas consecuencias para lograrlo, tal como señala otra consigna: “Estudiar es un derecho no un privilegio”.


 Es cierto que el gobierno pretende que sintamos miedo, que se regocija en el temor de la gente a salir a la calle, a protestar por lo justo por no perder sus trabajos. Se filtran documentos donde se demuestra el ingreso de armas al país por la ciudad de Antofagasta; ministros oficialistas amenazan con aplicar la Ley de Seguridad del Estado que suspende todos los derechos constitucionales; expresan la posibilidad de recurrir a las fuerzas militares si es que los desórdenes se mantienen. Yo leo los periódicos internacionales y veo por Facebook en todos los rincones del mundo múltiples canciones y fotografías de apoyo al movimiento estudiantil chileno, y entonces dejo de temer.

Ellos quieren que nos quedemos en nuestras casas sin salir a la calle, nosotros cada día somos más protestando; ellos quieren dormir, nosotros tocamos las cacerolas; ellos quieren desprestigiar el movimiento haciéndole creer a la gente que sólo somos resentidos sociales dispuestos a romper sus propiedades, mientras nosotros armamos coreografías, consignas y pancartas nuevas; ellos quieren acallarnos y amedrentarnos, nosotros por primera vez en 20 años nos sentimos vivos.   
 


Fotografías de Joaquín Atria

La utopía destruida: el cuerpo como experimento y desecho


Plinio Villagrán


La brutalidad del ser humano supera muchas veces a la del resto de animales. La capacidad de razonar de éste ha hecho que las fisuras de su dualidad sean absurdas y complejas, y muchas veces esa parte analítica y constructora de la civilización se ha vuelto contra sí. En el caso del instinto, el resto de animales sólo se defienden y matan para sobrevivir; el ser humano, en cambio, mata y daña bajo los parámetros de ese instinto, pero sin razón alguna más que la de aplastar, desplazar y negar al otro distinto. A la larga, es allí donde se basa y justifica la civilización y muchos han sido los argumentos históricos, científicos y culturales para explicarse la “barbarie”, en términos de la ley del fuerte sobre el débil.

Este principio es muy antiguo, pero no se había discutido y analizado hasta que la teoría darwiniana y los órdenes antropológicos (e incluso religiosos) subsiguientes, formularon que las características físicas y culturales de tipo racial suponen arquetipos fijos y homogéneos; es decir, bajo la sombra de dichas teorías que se acercan nada más a lo biológico, se quiso trasladar a las de tipo social tales como la selección y clasificación de los grupos humanos en pro de la “pureza”, logrando una jerarquización intolerante y usando el exterminio para justificar la superioridad racial. El positivismo por su parte, inicia como un sistema que objetualiza y determina en la frialdad del cálculo y el método, el avance de la sociedad, contribuyendo a su estructuración a través de la tecnificación. Este fenómeno de beneficio, desclasificó la religión y el mito, y mostró una luz tan fuerte que cegó y demostró que el ser humano no puede obviar su condición instintiva y cruel, usando cualquier avance también para su propia destrucción.

Basta buscar en los anales históricos más antiguos para explicar lo anterior y es Auschwitz el ejemplo más claro, cercano y demostrable del poder de deshumanizar al otro y reducirlo a la condición de desecho. El fenómeno Auschwitz no es el campo de concentración en sí, sino un fenómeno que partió en dos la historia reciente de la humanidad, en donde la modernidad se cuestionó por su aparente beneficio, y la ciencia —además de salvar y curar— mostró su lado siniestro. Así también, los totalitarismos socialistas escribieron con sangre su dominación, amén del régimen stalinista. Todos, utilizaron la maquinaria del poder para aplastar y dominar, pero Auschwitz demostró ser el laboratorio de la infamia junto con otros campos de concentración nazis, en donde la capacidad de matar estaba construida a partir de la experimentación, y donde la ética como ente filosófico –que desde Sócrates y Platón se había mostrado como el equilibrio del pensamiento y los actos humanos– acá da un vuelco y se estremece en el cuestionamiento que repercute hasta hoy día.

 Auschwitz

Ya Kafka había anunciado de manera premonitoria en libros como El Proceso y la Metamorfosis, la monstruosidad acompañada de la ternura del ser humano: la víctima y el victimario, como paráfrasis de lo que Hegel había escrito sobre el señor y el esclavo. Todo ello sirvió como preámbulo para entender que el método científico sirve para dominar y matar, y, a su vez, para curar y salvar. Muchos de los prisioneros “indeseables” de los campos de concentración, marcados con los signos del escarnio y la humillación, fueron como ratas para experimentar remedios para heridos de guerra alemanes, contagiados e infectados a propósito de enfermedades venéreas, víctimas de la rápida eficacia de la cámara de gas para exterminar en masa.

 Auschwitz

Pero volviendo a la idea central de este texto y para referirme también a esa parte destructiva del ser humano, quiero referirme a ese cuerpo trazado en el arte posterior al fenómeno Auschwitz y la hecatombe de Hiroshima. Hay que tomar en cuenta que junto con esos cambios sociales posteriores a la segunda guerra mundial, también las ideas transgredieron sus propios principios. Theodor Adorno dice en su Dialéctica negativa que el pensamiento no termina en la síntesis de los opuestos, sino que deja al descubierto las contradicciones humanas de manera cruda como la realidad misma. Junto con estas ideas que revisan dentro del nihilismo una transformación de los esquemas y parámetros históricos y filosóficos, la literatura juega un papel importante; Genet o Camus conciben al ser humano como sujeto transgresor, víctima-victimario de una marginalidad que había creado ese positivismo, que como serpiente que se muerde su propia cola, mostró el horror resultante de la capacidad tecnológica de las sociedades dominantes.

La idea del arte es revisada a partir del fenómeno de los objetos y su materialidad. La pintura y el dibujo —que dejarían de ser después lenguajes clasificables— se muestran como residuos históricos y también como imposibilidades, en donde la mimesis es una deformación ante el espejo. Si en las primeras vanguardias se suponía a la figura y la forma como estudios en su descomposición estética e histórica (a pesar de que demostraban la transformación social de una manera cruda y también llena de pesadumbre: la nueva objetividad y el expresionismo alemán), existía a su vez una especie de fe en los adelantos tecnológicos y la transformación de los objetos en serie, en pro de la cultura y el arte: la imagen del collage, el cine, la fotografía experimental, el diseño y la arquitectura. Pero después de la Segunda Guerra Mundial, el concepto del cuerpo y su concepción antropométrica, ergonométrica y sobre todo su presencia como ente político, social y religioso, llega a una encrucijada dialéctica y ontológica en donde los signos no parecen confiables y la cultura muestra un travestismo o engaño ante una realidad llena de incertidumbre. Jean Dubuffet, por ejemplo, buscaba a través del lenguaje marginal de los enfermos mentales una respuesta a esos razonamientos del ser humano “normal” y mentalmente sano, capaz de matar como un loco y peor que una bestia. En sus pinturas, el cuerpo está en proceso de destrucción y desaparición en el espacio dominador de la violencia.

 Jean Dubuffet

Hans Bellmer, en cambio, dibuja a través de su introspección los mecanismos sexuales del deseo casi siempre dominante y destructor, pero dual y andrógino. La experimentación del cuerpo y su posterior desaparición está dada en el cambio de identidad sexual, en donde una bella mujer tiene pene o copula con la muerte. Bellmer experimenta con el cuerpo por medio de un dibujo aséptico y clínico pero de manera cínica y violenta, capaz de introducir al espectador a esas pesadillas que seducen.

Mucho del arte europeo de la posguerra estuvo influido por la necesidad de transformación respecto al trauma de la destrucción. El lenguaje pictórico y la abstracción cambiaron la figuración por el lenguaje de la materialidad, una especie de desolación y anulación, un preámbulo a los convulsos y a la vez lúcidos años sesenta. Tanto la pintura como la escultura sufren una transformación y a su vez, son desplazados del sitial de honor que gozaron hasta entonces. El cuerpo, por su parte, que otrora fue el modelo arquetípico utópico representante de los logros humanos y recientemente deformado y transgredido, se muestra como el umbral de un arquetipo negativo y abre las puertas para un cambio dramático en donde los objetos, su fabricación y consumo tienen el mismo sitial que el cuerpo mismo.

Es quizás Christian Boltanski, a través de la imagen como trauma extendido en el objeto y el fetiche, uno de los artistas que dentro de esas referencias históricas del conflicto y la memoria propone una nueva forma de ver el arte y la sociedad. Arman y Demian Hirst por su parte, a finales del siglo XX, cierran otra etapa en la que el cuerpo ya no existe como tal, sino en la presencia de los objetos que ha consumido y desechado, además de la experimentación de su propia condición y transitoriedad.

 Boltanski

Hay que ser conscientes que la tecnología tiene dos caras. En la era de los medios masivos y la especulación, el cuerpo es experimentado de otra manera a partir del dominio de las ideas y el consumo: desde los productos para bajar de peso con dietas rígidas y venta de anabólicos para aumentar masa muscular, hasta aquellos milagrosos para retrasar el envejecimiento. Esta forma de experimentar y ese poder de convencimiento son invisibles, astutos, sin rostro; ahora el ser humano experimenta consigo mismo a partir de esas ideas vendidas. Por otra parte, se puede fabricar un arma por internet, se puede matar, destruir y robar, así como descubrir los espacios del conocimiento y la luz, los libros que nunca se podrán tocar, los códices antiguos y el conocimiento general del mundo.

En ese espacio virtual y en la realidad misma, el cuerpo es entonces desecho, realidad, irrealidad, postrimería, muerte y ausencia; todo como un videojuego: experimento virtual.

 Boltanski